Homilía para una plaza

Alfredo Prieto

El Papa Benedicto XVI estuvo en Cuba del 26 al 28 de marzo, 2012.

HAVANA TIMES, 3 abr — La visita del Papa Benedicto XVI pone de relieve la articulación de dos actores con intereses comunes, pero a la vez con programas y filosofías divergentes.

De un tiempo a esta parte, la Iglesia ha decidido no esperar y buscar un quid pro quo con el Gobierno a fin de obtener lo que quiere a cambio, entre otras cosas, de mayor visibilidad/legitimidad internacional para Cuba y su liderazgo.

El Vaticano ha establecido una movida de in-out, condenando por un lado el embargo/bloqueo pero por otro marcando su posición en cuestiones tales como las libertades individuales y los derechos humanos, en sintonía con la propia Doctrina Social de la Iglesia (DSI), la posición común de la Unión Europea y la política norteamericana, un curso de acción adoptado por Juan Pablo II y heredado por el actual sucesor de Pedro, cuyas diferencias con estas dos últimas parecen apuntar, en todo caso, al terreno de lo táctico, un viejo problema.

Y en ese proceso de acercamiento mutuo, por vez primera desde el triunfo revolucionario la Iglesia ha logrado figurar como mediadora en asuntos internos como la liberación de los presos, algo por otra parte consistente con su vocación y ministerio.

La agenda eclesial es desde luego diversa, pero tiene como una de sus apoyaturas básicas el reclamo de mayores espacios para ejercer su labor pastoral, afectada por el curso de colisión de los años sesenta, el “ateísmo científico” de la institucionalización y el proceso de secularización a él asociado, también consecuencia de tendencias globales de las que la Isla no está exenta.

Luego sobrevino la crisis de los noventa, con sus múltiples y dramáticos impactos sobre la vida y el imaginario de los cubanos, entre ellos un reavivamiento religioso que disparó la asistencia a iglesias y casas-templo e incidió sobre el cambio constitucional de 1992 definiendo al cubano como un Estado laico, una de las avenidas que estimuló el diálogo y la normalización con las religiones actuantes en el escenario local, institucionalizadas o no, y en lo que desempeñó un papel fundamental un encuentro de Fidel Castro con líderes protestantes trasmitido por la TV.

La religión pasaba así de estigma social a componente de la cultura cubana, de donde se le había querido separar, sin demasiado éxito, durante todos esos años. El ciclo cierra con la visita a Cuba de Juan Pablo II en 1998, el primer Papa en hacerlo desde que ambos Estados establecieron relaciones diplomáticas.

Probablemente el mejor lugar para verificar uno de los objetivos fundamentales de esta nueva visita sea la homilía de La Habana, efectuada en una Plaza que una vez Juan Pablo II re-bautizara de “Cívica” y que Benedicto XVI catalogó de “carismática”.

Misa en la Plaza de la Revolución, 28 de marzo, 2012.

Sin dudas una alocución inteligente, articulada, sofisticada e intelectual, según era de esperarse, en la que el Papa y su técnicos orgánicos se emplearon a fondo seleccionando como apoyatura el Evangelio según San Juan, un poderoso texto del Nuevo Testamento sobre la aceptación/rechazo de Jesús en el que este ofrece vida eterna a los que creen en él, y leído en varios fragmentos por uno de los soldados antes de que pasara el General.

La estrategia comunicacional seleccionada resultaba así absolutamente congruente con uno de los súper objetivos del viaje: a Cuba llega un Papa tocado por la verdad, que representa con mayúsculas, porque es la verdad de Jesucristo, el único salvador. Y ya se sabe de antemano que la verdad es lo que hace libres.

Ello explica que las palabras “verdad”/”verdadero” se repitan como 23 veces en la homilía, y funcionen como eso que los comunicólogos llaman sound bytes, es decir, como el mensaje claro y distinto, simple y directo, que el oyente debe incorporar y llevar consigo a la sala de su casa para compartir con su familia, a la que el Vaticano también considera la célula fundamental de la sociedad.

La inteligencia de esta estrategia discursiva consiste en que se mueve en distintos estratos de significación, lo cual permite pasar “de manera natural” de un plano estrictamente bíblico-religioso a otro muy distinto cuya decodificación sin embargo depende del posicionamiento y la actitud del receptor, a quien se apela en su individualidad, acaso un resultado de la posición de la Iglesia ante el “colectivismo marxista” y ante su llamado a la persona humana, otro de los ejes sobre los que se articula la DSI.

En medio de una crítica al relativismo y el agnosticismo, esto permite, por ejemplo, deslizar ideas que rebasan el ámbito meramente filosófico-doctrinal para caer si uno quiere en los predios de la política, lo cual ocurre por lo menos dos veces en la homilía: la primera, en esa sonora alusión a quienes “interpretan mal esta búsqueda de la verdad, llevándolos a la irracionalidad y al fanatismo, encerrándose en «su verdad» e intentando imponerla a los demás”.

Y la segunda, al pronunciarse contra la pasividad y la fragmentación social y llamar al cambio, si bien por la vía negativa: “Personas que se lavan las manos como el gobernador romano y dejan correr el agua de la historia sin comprometerse”.

En la encíclica Divini Redemptoris (1937), uno de los textos legitimados por la DSI, el Papa Pío XI definió al comunismo como “intrínsecamente malo” –algo que parece una prefiguración del “imperio del mal” de la llamada era Reagan, pero entendible por los horrores del estalinismo– e indicó como actividades principales para deshacerse de él, entre otras, la renovación de la vida cristiana y el ejercicio de la caridad.

A Cuba vino el Peregrino de la Caridad, a los cuatrocientos años de la virgen homónima.

Y en el Teatro Nacional, en la Plaza de la Revolución, un gran cartel rezaba: LA CARIDAD NOS UNE.

Seguramente porque, a diferencia del Espíritu Santo, los mensajes no soplan donde quieren sino adonde los lleven, a pesar de intersecciones y polisemias.

Alfredo Prieto

Alfredo Prieto: Nací en La Habana, un dato no muy usual por aquí en estos días. La mayor parte de mi familia emigró desde temprano a los Estados Unidos, lo cual me estimuló a estudiar un poco ese país para tratar de entenderlo. Aprendí algún inglés, que después mejoré otro poco con el contacto directo con los americanos en su propios lugares de residencia y, sobre todo, en sus universidades; luego me enteré de que a eso le llamaban "sleeping with the enemy", pero les confieso que no ví a ninguno frente a mí. No me han faltado invitaciones, pero hace ya seis años que no puedo regresar porque de allá cambiaron las señas del bulpén. He sido editor de las revistas Cuadernos de Nuestra América, Temas y Caminos. Ahora trabajo en la editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y estoy escribiendo otro libro. Soy, como mi tía, un declarado fan de los cheesecakes de fresa --y de Stevie Nicks, la ex de Fleetwood Mac. Si alguien de ustedes la conoce, please entréguenle una flor de mi parte.

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