Ernesto José: entre la prisión y la libertad

 

Por Ivett de las Mercedes

Ernesto J. Reyes

HAVANA TIMES – Ernesto José Reyes Morales, de 45 años, estuvo preso en una cárcel de Quivicán, ubicada en la provincia de Mayabeque, en el año 2001. El delito que le imputaron fue Apropiación Indebida, causa que tuvo que cumplir injustamente. Fueron sustraídos bienes del Estado en el área económica a su cargo.

HT: ¿Qué tiempo estuviste preso?

Ernesto José: La fiscal me condenó a ocho años, después la sentencia se redujo a cuatro, por buena conducta cumplí un tercio de la sanción; en total fue un año y ocho meses. Jamás había estado encarcelado, pensé que la sentencia sería de una multa. Nunca encontraron los bienes sustraídos ni ninguna prueba que me incriminara directamente.

HT: ¿Cómo fue el viaje para la cárcel?

EJ: En un camión cerrado.  Mi esposa y el niño que tenía dos años fueron con mi suegro en el auto. Antes de entrar pude despedirme de ellos. Estaba muy triste, aun cuando sabía que iba a estar poco tiempo allí. Me impresionó el muro de alambres, daba la impresión de estar en una película, no tenía conciencia de lo que sucedía. Dejar atrás lo que había construido junto a mi esposa y mi hijo me daba una sensación de irrealidad, ¿cómo era posible que la vida pudiera cambiar en un minuto?

HT: ¿Cuál es tu primer recuerdo de ese día?

EJ: Estaba muy ansioso, me pareció una tontería que tuviera que afeitarme la barba, no se me ocurría a quién acudir por una máquina de afeitar. Había varios jóvenes trabajando en la parte de afuera, después supe que cuando queda poco tiempo para cumplir la condena hacen esa excepción. Uno de ellos se brindó a conseguirme una máquina de afeitar, fue así que después pude tirarme las fotos de costumbre: de frente y de perfil. Más tarde me dieron la asignación, las literas eran de tres pisos, con una escalera al lado, el colchón de malangueta estaba lleno de bichos, por suerte, poco tiempo después los cambiaron por otros de esponjas.

HT: ¿Estabas en la misma área de los condenados por asesinato?

EJ: No, los asesinos y los que cumplían cadena perpetua estaban en un lugar que le decían tiburón, no sé por qué. En realidad, nunca estuve presente en ningún acto de violencia extrema, eso no quiere decir que no existieran, escuché muchas historias, pero en la prisión lo que más abundan son las historias. 

HT: ¿En qué trabajaste durante ese tiempo?

EJ: Primero que todo, tuve mucha suerte. Al día siguiente de llegar me asignaron al pantry de los oficiales, no sé si les inspiré confianza por mi seriedad o si mi suegro dejó rodar el dinero. Repartía desayuno, almuerzo y comida. Por esa parte no puedo quejarme, siempre se me pegaba algo, la comida de los oficiales es mucho mejor, sin darme cuenta aumenté de peso. Al final tenía que estar a tiempo para comer con mi destacamento, no podía perderme el pase de lista. El horario de comida era el momento en que a algunos reclusos les daba por probar fuerzas: algunos se creían que el asiento era fijo, otros no se resignaban a la poca comida y empezaban a protestar o a meter la cuchara en el plato ajeno o simplemente cogerle la bandeja al más flojo.

Ilustración por Carlos

HT: ¿Tu esposa vino alguna vez a las visitas privadas que aquí se conoce como Pabellón?

EJ: En varias ocasiones. No era un hotel, claro, tenía las condiciones mínimas. El tiempo que te dan es realmente poco, a veces podías comprar unas horas más a algún necesitado. Cuando un matrimonio cumplía prisión las esposas presas venían al Pabellón a ver a su esposo, y no solo iban mujeres, también se permitían los encuentros de parejas del mismo sexo.

HT: ¿Cómo te relacionaste con los demás reclusos?

EJ: Los presos que primero se acercan al recién llegado son los que están cumpliendo la condena más larga. El resto comienza a merodear, tantean a uno, buscando alguna señal de flaqueza, son instantes decisivos o eres lobo o cordero. Hice buenas migas con un joven que había matado a puñaladas a su padrastro, muchas veces me sacó de apuros, al final yo también tuve que sacar la cara por él. Fue lo mejor que pudo haber pasado, en una prisión de hombres nunca puedes deberle un favor a nadie, a veces es cuestión de vida o muerte. Cuando uno nunca ha estado becado [escuelas de secundaria en el campo] es difícil meterse en una ducha o en una letrina sin puertas donde todo el mundo ve lo que haces.

HT: ¿Cómo eran tus fines de semana?

EJ: A veces me quedaba en las salas de juegos, había un solo televisor por galera, siempre en el mismo canal y únicamente de noche. Entonces todo se reducía a la mesa redonda y al noticiero, la mayoría de las veces me quedaba leyendo o jugando barajas.

HT: Cuando estabas a punto de cumplir la condena ¿a dónde te enviaron?

EJ: Primero fui a un campamento cerca de la prisión, después me mandaron para una granja; ahí salía cada quince días de pase, otras veces me daba una escapadita hasta mi casa. Trabajaba en la granja sembrando, recogiendo tomates y, sobre todo, haciendo planes para el futuro, que es algo así como soñar despierto. Soñando estuve hasta el mismo día que salí definitivamente. Ahora trabajo para mí, soy mi propio jefe, pago mis deudas con el banco y lo más importante es que nadie volverá a culparme de algo que no hice.  

HT: ¿Qué significó estar recluido?

EJ: Perder la libertad es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Esa es una palabra llena de significados, si uno no puede respirar el aire del mar, el del campo, hasta la humareda de los carros. Si uno no puede abrazar el cuerpo de su pareja cada vez que lo desea, y besar a su hijo, llevarlo a la escuela o simplemente verlo jugar en el parque, tomarse un buche de ron con los amigos en el malecón, uno no es libre. La prisión te priva de todos tus derechos como ser humano y solo, tras los muros, es que se comprende.

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