La resumida historia de un cubano “especial”

Por Vicente Ricalo

HAVANA TIMES – Diego Armando nació el 4 de diciembre de 1990, en el principio mismo del decenio que marcó el fin de “nuestros años felices” en Cuba. Nació en el seno de una familia que, de haber sido en los ochenta podría haberse calificado de clase media, pero en las circunstancias de entonces ni de clase y un cuarto era.

Su madre era licenciada en Economía y su padre profesor universitario. Su primer cumpleaños, el único que pudieron celebrarle, fue “especial”, sin la connotación del nuevo matiz que imponía a la palabra la fase, el período que el país estaba comenzando a vivir.

Sus padres compraron juguetes para todos los niños invitados, para lo cual tuvieron que ir a varios carnavales de pueblos vecinos: San Luis, Palma, Contramaestre y Guamá; pusieron, además, alrededor de cuarenta pesos en menudo en la piñata, contrataron a un mago, y por supuesto que ahí estaba el monarca de todos los cumpleaños: el cake, uno grande azul, como correspondía a un macho varón masculino.

Los adultos también fueron satisfechos, desfilaron varias botellas de ron a granel que el padre de Diego comprara en varias tandas de colas sabatinas en disímiles cafeterías de la ciudad de Santiago de Cuba.

La primera vez que se repartió el ron en el cumpleaños, todos lo tomaron con cola, es decir, se pusieron de pie y en espera, desesperados por si acaso era aquella la única botella, pero luego el padre de Diego, con igual nombre, sacó un cubo lleno de aquel ron sin marca, mas sí con una gran marca personal por parte de todos los presentes en la sala, para que se sirvieran a voluntad, y gritó que había el que no se iban a tomar.

Para las mujeres había creme de vie, menta y vino de arroz. En resumen, fue un gran cumpleaños, en el que casi nadie se quejó y del cual quedó una memoria gráfica estampada en cuarenta fotos.

Nadie sabía que los padres del pequeño se habían hecho de sendas alcancías desde el momento mismo en que se supo de su concepción, y que se abrieron para la fiesta, pero que de todos modos habría que hacerlo, porque ya no aguantaban más. También ayudó el hecho de que Diego padre había trabajado como edecán en los Juegos Panamericanos 91, y su labor con varios participantes foráneos le había reportado algunas propinas.

Sin embargo, aquellos días pasados en una instalación de la cita deportiva estival fueron de agonía para él y sus compañeros: el almuerzo era un momento obligado para compartir la atención entre el manjar mismo y la familia: ¿Qué estarían comiendo en casa mientras ellos degustaban unos garbanzos exquisitos, pollo, carne de puerco, ensaladas, refrescos, helados?

Sin embargo, para confirmar la veracidad de aquello de que la alegría en casa del pobre dura poco, en cuanto terminaron los Pan. Am., Diego despertó de su sueño y comenzó, entonces, una pesadilla. Cuatro o cinco veces a la semana caminaba entre cuatro y cinco kilómetros para buscar la leña que diera de comer a su familia (su esposa, la hija de esta, cinco años mayor que Dieguito, y él), y era que la situación estaba realmente de leña.

Una vecina llamada Caridad había roto dos pianos de juguete, cuatro banquetas y una puerta que pensaban poner en el frente de la casa. Con todo, ellos no decían nada “inflamable” delante de los niños.

Dieguito era un niño bastante inquieto, demasiado. En la escuela siempre hubo quejas de él en tal sentido, pero compensaba con su inteligencia, con su amor por la lectura (una especie en extinción en los niños de su generación), con su manera de ser tierna, que encantaba a las maestras.

Además, era muy bonito, fue siempre el más disputado en la escuela y en el barrio, y no tardó en hacerse famoso. A los ocho años el padre lo inscribió en una academia de kung fu y a los 10 comenzó a estudiar percusión en la Escuela Vocacional de Artes José María Heredia y Heredia, de la ciudad de Santiago de Cuba.

Dieguito era muy bueno en ambas actividades, sus manos y pies eran grandes, estaba dotado de una gran flexibilidad y era muy rítmico. Sin embargo, sus problemas de disciplina nunca terminaron.

Por otra parte, ya con catorce años era un inveterado Casanova, y comenzó a ser cautivado por el baile. Fue así que terminó el nivel elemental de percusión y no quiso asistir más a la escuela de música, a la vez que renunció a seguir practicando kung fu. Terminado el noveno grado, comenzó a estudiar Computación, carrera técnica que terminó en cuatro años.

No obstante, Diego Armando había crecido mucho intelectualmente, pues leía libros, así como citas célebres que el padre tenía recogidas en varias libretas. Su autor favorito era Martí, pero había leído un añejo ejemplar del Decamerón que el padre guardaba como testigo de las reiteradas erecciones y masturbaciones escondidas de su niñez.

También leyó Las aventuras de Sherlock Holmes y algunos otros libros policiacos, Corazón, de De Amicis ; El alquimista, de Paulo Coelho, y  apuntes que tenía su papá sobre Unamuno y Emerson, algunos de los cuales tuvo que pedir al padre que se los explicara.

Su desarrollo intelectual había ayudado a los padres a aceptar su abandono de la música, pero les preocupaba el hecho de que varias veces llegaba a la casa comentando que todas sus amistades hablaban de su afán de no quedarse en Cuba, unos porque tenían algún familiar en Estados Unidos, otros porque tenían alguno en Europa que les gestionarían una “pepa” y otros porque se gestionarían ellos mismos una pepa, “jineteando”.

Dieguito, dentro del grupo de amigos, era el único que pensaba diferente. Decía que no dejaría su país ni su familia, que para él las mujeres más lindas del mundo estaban en Cuba, y que su dinero se lo buscaría él mismo bailando, cantando y modelando y así ayudaría a su familia, y que “todo tiempo futuro tiene que ser mejor”.

Se metió de lleno en el baile. Llegó hasta una semestral de Bailar Casino, en La Habana, compitiendo por parejas. Pero aquí aconteció algo que lo trastornó y que cambiaría el rumbo de su vida: el jurado del programa lo eliminó, injustamente, en la primera ronda. El público todo, incluidos los parciales de los competidores de otras provincias, pero sobre todo las jóvenes féminas gritaron cosas feas a los miembros del jurado y le decían a Dieguito que no se quitara el número y que continuara bailando. Este salió de la competencia y del famoso Salón Rosado de la Tropical con torrentes de lágrimas.

De regreso a Santiago, el desilusionado joven comenzó a oír por doquier los comentarios de la gente: “Fue una injusticia. Eliminaron al que mejor bailaba. Una vez más somos víctimas del verdugo regionalismo de la gente de La Habana”.

Cuando se encontró con sus amigos, se enfrascaron en un diálogo en el cual Dieguito fue un receptor pasivo:

  • El país donde existen mayores diferencias entre la capital y las otras ciudades es Cuba. Nos desprecian. Como dicen ellos, somos palestinos, y no pueden admitir que los palestinos ganemos.
  • Lo más triste es que el presidente del jurado es de Santiago, coterráneo nuestro, pero ya se vendió, ya no nos representa.
  • Y en realidad, ¿alguien nos representa? Si a un policía le da la gana de decir que lo ofendiste, y te acusa por desacato a la autoridad, ¿te puedes quejar con alguien?
  • Eso le pasó a mi primo, que venía de TROPICANA y un policía lo mandó a parar, él anduvo unos metros hasta parar donde podía, según lo establecido por el tráfico, y el mono le puso una multa por no parar donde le dijo, por desobediencia. Cuando mi primo le respondió que no lo había hecho porque…, le puso una segunda multa por desacato, y fue entonces cuando uno que venía en el carro le dijo a mi primo que se fuera, que aquel tipo lo estaba provocando para que se alterara y llevarlo para la estación y darle unos cuantos golpes. Mi primo dijo que se quejaría, ¿pero a quién? Al final pagó su multa.

Epílogo: Han pasado muchos años de esta historia. Dieguito se casó en Cuba con una mexicana que conoció en la realidad virtual, y actualmente vive en el DF de los Estados Unidos Mexicanos.

5 comentarios sobre “La resumida historia de un cubano “especial”

  • Bueno, parece que el cumpleaños de Dieguito fue más bien un cumples-adultos, a juzgar por la cantidad de ron ,crema de vie ,menta y hasta vino de arroz ; respecto a la historia en sí no le veo gran cosa, hasta con happy end incluido.

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  • Esta historia no da para un artículo, ni estirándola.

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  • Y cual es la moraleja de la historia? La pira de Dieguito? Que lo sacaron de la competencia por ser santiaguero? El cumple del nene?

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  • Perdóname, Vicente, tu intención es probablemente buena, pero esta historia no tiene pies ni cabeza. Los comentarios de los cuales el personaje es “receptor pasivo” tampoco aportan nada. Te recomiendo que leas más. Lee mucho antes de escribir. Buena suerte.

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  • Lei el articulo completo y aunque se nota el esfuerzo en la historia, le falta algo, no sé.
    ¿Cuál es el objetivo? ¿A dónde quiere llegar?
    Saludos

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