Cuba y el señor compañero

 

Por Ernesto Pérez Castillo  (Progreso Semanal)

Agro-mercado en Cuba.

HAVANA TIMES – La primera vez que alguien me llamó señor en medio de la calle, seguí de largo otro par de pasos como si conmigo no fuera, porque aquello de señor no había manera de que pudiera ser conmigo, y casi me cuesta una multa el no haberme detenido de inmediato.

Nunca, nadie, jamás, me había llamado así. Esa palabrita no existía en mi vocabulario, siempre me había sonado despectiva y era más una ofensa que otra cosa.

Eran los inicios de los noventa y yo vagabundeaba en los alrededores del hotel Habana Libre (pero creo que entonces se llamaba Habana Libre Trip, aunque después ha tenido muchos otros nombres), y volví a escuchar la palabreja detrás mío, pero ya era casi un grito, una orden, y una amenaza, todo eso a la vez.

Me di la vuelta y fue entonces que lo vi: quien me trataba de señor era ni más ni menos que un policía. Lo miré a los ojos y en el mismo tono en que él casi me gritó, le solté: compañero.

Esa, la palabra compañero, era desde mi infancia el ábrete sésamo de todas las puertas, el santo y seña que me explicaba el mundo, el modo educado y decente de tratar a los demás, la manera fácil y sencilla de sentirte igual entre iguales, aun cuando el sueño de aquella igualdad fuera solo una ilusión. Pero era un buen sueño y una ilusión que valía la pena.

Y de los sueños, ya se sabe, lo único seguro, lo único que cabe esperar, es que en algún momento tendrás que despertarte. Eso sucedió aquella tarde: la voz del uniformado, la palabra señor saliendo de su boca, le puso un punto final a la ilusión y me colocó de una vez y por todas en medio de una realidad que estaba cambiando y que cambiaría mucho más aún y que yo, que no quería despertar, tardaba en darme cuenta.

Ahora todo el mundo, a toda hora y en cualquier lugar, me trata de señor. A mí y a los demás. En el dentista y en las tarimas del mercado, en las escuelas de mis hijos y en las tiendas de ropa de segunda mano, en los bares de mala muerte y en la oficina del Carné de identidad.

Igual, se respira (o tal vez solo me parece a mí, que me resisto por hábito) un cierto acento teatral, una tramoya verbal, un tono falso, una especie de vacío en ese nuevo trato. Como que el tipo del mercado, que va a darte tres de cualquier cosa cuando debía darte cuatro, que va a cobrarte casi el doble por menos de la mitad, sabe que no debe llamarte compañero, que esa palabra no tiene sentido cuando te está timando. Que dejamos de ser compañeros hace rato.

Aunque quizá sea solo algo circunstancial. Hace un par de semanas, como siempre deambulando por una calle cualquiera y fumando a todo trapo, un muchacho que no llegaba a los veinte años me detuvo y me pidió mi fosforera para encender su propio cigarro. Me dijo, juro que así me dijo: ¿me da fuego, compañero?

Escuchar otra vez, después de tanto, el vocablo compañero, esa palabra que ya casi nadie usa, y escuchársela así de pronto a ese muchacho, me hizo ver que el tiempo no se detuvo en los noventa y que la vida sigue trabajando. Quizá viene en camino otro despertar, quizá. A fin de cuentas, ¿quién sabe en verdad qué es lo que está pasando?

 

10 comentarios sobre “Cuba y el señor compañero

  • Companeros son los bueyes. Nada mas que decir.

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    • Jejeje el hecho de que tú seas del campo y no hayas tenido compañeros de clase, compañeros de trabajo y ni una compañera en la cama no quiere decir que tu estrecho concepto sea verdad

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  • Efectivamente, en los 90 resucitó “Señor”. Los primeros que cambiaron de casaca fueron los funcionarios que empezaron a codearse con los inversores extranjeros. Fue un cambio generalizado y en pocos meses se evaporó las 3 décadas de imponer el “compañero” y hasta el “cámara”. Eso merece un estudio sociológico. Prefiero “Señor” a que me digan “tío” o “puro”.

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  • No me gusta que me digan Señor, porque no me siento Señor de nadie ni creo que nadie tenga el derecho de considerarse Señor de otros, pero como constumbre en otros países con otros sistemas, entiendo que con aquellas personas sea adecuado usar ese apelativo (o el de Señora, claro). Pero acá, por favor, a mí, me mantienen el compañero. Por cierto, “tio” o “puro” no son para nada despreciables, implican una relación digna de respeto y consideración como la que debe existir entre miembros de una familia.

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    • ¡Qué curioso! No le gusta el trato de “señor”, pero sí el “puro” y “tío”; nada que hay de todo en la viña del Señor.

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  • Ja! Dicen que lo de señor se heredó de las burguesías y fue prohibido usarse en cuba, lo de compañero o compañera no se nunca lo he usado desde que tengo uso de razón, y en cuanto a la policia desde que he sido objeto de detenciones arbitrarias y acoso en los sitios de encuentro gay, ellos se han dirigido a mi como ciudadano.

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    • Los tratamientos de “señor” y “señora” son los tratamientos internacionales de cortesía, y son absolutamente correctos. Implican cortesía, respeto y civilidad No hay ninguna razón por la cual una persona, que en su vida me ha visto, me trate de “compañero”. Y mucho menos que usen el “tío” o “puro” (La segunda palabra, si no las dos, surgida en el lenguaje marginal), que implican una familiaridad que, en todo caso, cada cual es dueño de conceder solo a quien quiera. Lo que pasa es que, en aras de un concepto sumamente aberrado de igualitarismo, muchas reglas de civilidad y etiqueta social casi desaparecieron de Cuba por obrta y gracia del castrismo. Cuando houy nos quejamos de la chusmería y la grosería imperantes, no se nos puede olvidar que todo comenzó por esa eliminación de reglas a las que quizá no se les dio la suficiente importancia, pero que sí la tenía; y el resukltado es el desastre que vemos hoy. No me cansaré de repetir como un mantra que lo peor que la ha pasado a Cuba es que la gente vea lo absurdo como lo normal.

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    • Luis.
      Esa es otra de las tergiversaciones más bochornosas del régimen cubano: La palabra “ciudadano”. Un concepto que tanta sangre costó implantar y defender, una palabra para nominar un concepto que marcó el fin de la servidumbre feudal, e inauguró una nueva era de libertades que sentó las bases de los derechos universalmente reconocidos, fue usada por los dictadores casi como una ofensa, como sinónimo de “gusano” o “delincuente”. Lo que debía ser un epíteto honroso, lo convirtieron en un estigma.

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    • Cuando te llaman “ciudadano”, ya sabes que el futuro es incierto.

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  • Tratar a una persona de Señor o Señora indica respeto, para nada implica vasallage, igualmente tratar a las personas que no conoces de Usted, son parte de las minimas reglas de educacion en el mundo entero. El compañero se deja para quien de verdad lo es: compañero de clases, de trabajo, de viaje, de infortunios. Yo no tengo que ser compañero de un presidiario o alguien que no conozco

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