Paula Henriquez

Paula Henríquez: Desde pequeña me han dicho que debo tener cuidado con lo que digo en público. “Piensa antes de hablar, sobre todo delante de los demás”, me decía mi mamá y, entonces, resultaba más un ruego que un regaño. Aún hoy la escucho… y la cumplo, solo que no hablo… escribo. Las letras, las palabras son mi escape, mi salida y las catarsis diarias, las que imprimo en el papel, me reavivan. Y esta foto… me refugia.

La clave es no perder la esperanza

Paula Henríquez

Estudiante de pintura. Foto: Alejandro Arce

HAVANA TIMES – Estudió en San Alejandro. Se graduó con honores. Comenzó a estudiar en la Cujae. También terminó su carrera de Arquitectura con buenos resultados. Se ganaba la vida pintando, tanto cuadros de inspiración propia, como otros que replicaban alguna que otra obra famosa.

Por un tiempo su vida estuvo muy bien. Trataba de disfrutarla al máximo, incluso tenía permitido vivir independiente alquilada. Su negocio iba viento en popa y ella lo compartía con otros, amigos, familiares…

Compró su casita. No era lujosa ni mucho menos, pero era propia y la tranquilidad reinaba en su vida. Una mala decisión hizo que la perdiera, pero aún tenía su negocio. Siempre venía alguien del más allá que quería una réplica de tal o más cual cuadro de tal o cual pintor cubano.

Volvió al alquiler, ya no tan tranquila como antes, porque las cosas se habían encarecido; las pinturas cuestan el doble y los compradores extranjeros quieren pagar lo mismo que antes. Sigue trabajando, aunque sabe que el valor de su trabajo ha disminuido, pero… ¿qué va a hacer? No queda otra opción que seguir dándole a los pedales.

Se acaba el dinero. Se acaba el alquiler. Tiene que retornar a una casa que ya no es tan suya, como lo era cuando estaba en la niñez. En ese lugar hay una familia constituida que no tiene mucho espacio, pero que le brinda un poco. La convivencia se impone, se hace enemiga.

Ha pasado el tiempo. La vida ha continuado. Su trabajo se ha devaluado mucho más, pero sigue, sigue en su empeño de vivir, de mal vivir, pero de seguir adelante. Los cabellos se han vuelto blancos, el rostro ha perdido la juventud y la sonrisa. No sé si se sentirá querida como en tiempos pasados. Yo sí sé que la quiero y que daría cualquier cosa por verla feliz nuevamente. No sé si sabe que estamos ahí, que no ha dejado de ser nuestra.

Como ella veo a diario una gran cantidad de personas en las calles. Conozco a unas cuantas que están, incluso, peor.  “La clave es no perder la esperanza”, dijo un día. Y yo estoy segura de que ese pensamiento la mantiene “viva”.

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