“Macundo” en la campiña habanera

Ariel Glaria Enriquez

Foto: Nike

HAVANA TIMES – Hay recuerdos que el tiempo hace que parezcan menos reales. Como esos fue aquella madrugada sobre el muro de un puente que cruzaba un río. Para entonces pasaba el servicio militar y me había fugado la tarde anterior y regresaba a la unidad.

La guagua que esperaba paraba en la última esquina iluminada de aquel pueblo distante más de una hora de La Habana. Al frente se extendía el muro de concreto que servía como barrera al tramo de río que corría paralelo a la calle principal. Era de poca altura y lo mismo que el pueblo terminaba en el puente.

Del lado donde me paré a mirar el río podía ver, en toda su extensión, teñida a intervalos por el amarillo resplandor de las luces provenientes de los postes, desierta, la calle principal. El incesante zumbido de los grillos, el ladrido de un perro en la lejanía y el perenne rumor del río que corría bajo mis pies eran los sonidos predominantes.

El resplandor de las bombillas próximas al puente daba al torrente un brillo cobrizo. Entre la vegetación de los bordes abundaban las matas de plátanos; sus grandes hojas colgaban de los tallos como lenguas sobre la corriente.

En el puente había alguien más. Llevaba sobre la espalda una mochila de tejido andino, entre las manos un libro y daba cortos paseos de ida y vuelta alternando la vista entre el riachuelo y la calzada por donde debía aparecer la guagua. Estábamos en el mismo flanco del puente, a poca distancia uno del otro y totalmente visibles bajo la permanente luz de los postes.

En los instantes que la luz la iluminaba de frente veía con claridad sus grandes ojos negros, su boca y los hoyos en sus mejillas que le daban una expresión distraída de sensualidad. No era muy alta, vestía sencillo y tenía el pelo recogido como cola de caballo entre la espalda y la mochila.

Supongo que las primeras palabras que cruzamos estuvieron relacionadas con la hora que debía pasar la guagua. Supongo, también, que lo siguiente fue enterarme que estudiaba en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños y se llamaba J.J.

Desde que empezamos a conversar se sentó en el muro sujetando el libro sobre las piernas. Yo permanecí de pie, frente a ella, vigilando por encima de su cabeza la llegada de la guagua. Sus ojos, pude verlos mejor así, tenían el brillo silvestre de esas gotas de rocío que se fijan como granos de vidrio a la superficie de las hojas y entre sus labios, finos y poco pronunciados, asomaba continuamente la lengua.

Más que hablar ella escuchaba. Pero se preocupó por las consecuencias si mi fuga era descubierta.

“Todo depende del tiempo –dije-, si la guagua aparece rápido y logro llegar cuando todos todavía duermen, no tengo problemas”.

“¿Es posible que nadie te vea? – preguntó con ese gesto de mostrar siempre la lengua.

“Siempre existe el riesgo, por eso tenemos varios caminos por donde llegar sin pasar por el frente de la posta. Y tú ¿también estás fugada?”

Foto: Ariel Glaria

“No – dijo sonriendo-. Hoy tenía ganas de andar por La Habana. Salí de la escuela temprano con unas amigas y al final terminé sola. ¿Dónde queda tu unidad?”

“Desde aquí es un poco difícil explicarte. Lo más cercano a ella es un pueblo de orientales que le dicen Macundo…”

“Macondo” – corrigió sin dejarme terminar.

“¿Lo dices por el pueblo de la novela de Gabriel García Márquez?” –dije con cierta altanería.

El brillo de sus ojos se intensificó.

“Sí. ¿La leíste?”- preguntó contrayendo ligeramente el ceño, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua.

Respondí positivamente con la cabeza. Ella puso el libro que traía a un lado y sin quitarse la mochila se apoyó hacia atrás sobre los brazos tensos, exponiéndose más a la luz. Bajo la tela de la blusa sus senos se comprimieron adquiriendo una redondez casi exacta.

En un silencio, me incliné hacia ella y la besé. Primero en los labios, sin tocarla. Después, sujetando su cara con ambas manos, la besé en los ojos. De inmediato, descubrí lo que su boca deseaba.

Al final la abracé con fuerza. Sentí contra mi cuerpo sus pequeños senos duros como anones y volví a besarle los ojos.

Muchas veces y a diferentes horas, en los años de servicio, la esperé en aquel puente pero no volví a verla.

Algún tiempo después, una noche, durante un festival de cine en La Habana, desde la anónima multitud de la cola, la reconocí fácilmente entre el selecto grupo de invitados que indiferentes llegaban y entraban al cine como si los que estábamos antes no existiéramos.

Algunas libras de más la habían hecho perder atractivo. Ya no vestía tan sencillo y los hoyos en sus mejillas eran solo un detalle más en mi recuerdo o imaginación. Como aquel brillo silvestre que nunca más he vuelto a ver en sus ojos cada vez que la observo por televisión.

Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

4 comentarios sobre ““Macundo” en la campiña habanera

  • Me gustó mucho. La felicidad de un día deja huellas.

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  • Aunque es secundario al bonito micro-relato, la unidad es la 1270 de Alquizar, frente a Macondo, un barrio lleno de tierra roja nada de realismo-magico.
    Saludos
    Frank

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  • Creo que no la vistes mas porque tomarle la cara con las dos manos es un gesto tierno solo en novelas ; en la vida real es algo asfisiante e impositivo , no conozco nadie que en la vida practica que haga eso . De todas manera el relato es interesante.

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  • coincido con A valenzuela, el recuerdo de un segundo de felicidad deja huellas por el resto d ela vida y quizá son las necesarias. No más que eso. Hermoso y real relato

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