Irina Pino

Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.

Imágenes distorsionadas

Irina Pino

Foto: Angel Yu

HAVANA TIMES – Vagabundeos, indisciplinas, rebeldías, son actitudes propias de la adolescencia y juventud. ¿Acaso no las recordamos ligadas a una época no tan lejana?

Nos conviene olvidar lo rebeldes que fuimos, el odio por la escuela, las escapadas, los vagabundeos. Pero todo tiene un origen, nada se hace porque sí.

Teníamos profesores que imponían sus reglas, ajenos a escuchar criterios diferentes, cuando alguien quería decir algo, lo mandaban a callar. Tuve uno de Matemáticas en la secundaria, que era un auténtico déspota, se burlaba de los que no asimilaban rápido, de los más lentos, no diré brutos, porque nadie lo es, lo que pasa es que cuando no entendemos, hacemos rechazo al problema.

El tipo escribía los ejercicios en la pizarra y explicaba de carretilla, sin detenerse. Los que no lo captaron, se quedaron en el aire.

Botaba a los alumnos que sorprendía hablando en el aula. Se corrió el rumor que tenía un romance con una de mis compañeras, porque ambos se miraban de manera voluptuosa. Ella iba a verlo a la cátedra para aclarar dudas, y siempre le daba puntuaciones altas. Sin embargo, le tenían sin cuidado aquellos jóvenes que tuvieran dificultades con la asignatura. En sus exámenes llovían los suspensos.

El profesor que impartía Educación Laboral pedía materiales que no podíamos conseguir, o mandaba aquellas horribles cartas de trabajo, con medidas para hacer diseños, que casi ninguno de mis compañeros lograba hacer con exactitud. ¡Yo hice cada porquería! Tampoco daba chance ni ayudaba a nadie.

Eran clases rígidas, programas sin atractivos.

Un pequeño grupito, al cual me sumé, nos fugábamos para no dar el turno de Matemáticas ni el de Educación Laboral, lo cual contribuyó a ponernos en la mirilla de ambos. Íbamos a dar vueltas por La Habana Vieja o Miramar. Nos escondíamos si veíamos a la policía.

Aquellos vagabundeos dieron paso a otros experimentos: probar cigarros, el sexo…, actitudes irresponsables que tuvieron un costo. Mis padres no supieron lidiar con eso: los castigos me cayeron encima, no había una retroalimentación. Una educación restrictiva provoca el efecto contrario.

Después, en los noventa, un grupo de chicos asistíamos al Patio de María, donde tocaban bandas de rock. Entonces hubo más llegadas tardes, fiestas que terminaban al amanecer…

Por suerte, yo nunca probé pastillas, como algunos que conozco, que tomaban parquisonil con bebidas,  y otros barbitúricos que les provocaban estados alucinatorios. Un amigo mío estuvo muy grave por una de esas mezclas explosivas.

Cuando analizo el pasado y comparo las actitudes de mi hijo, me percato que él es menos rebelde de lo que yo fui, aunque se queja de que la escuela es aburrida y que le agradaría escoger las asignaturas, cambiar los programas de clases, no se ha fugado tanto como yo,  ni ha llegado borracho a la casa como me sucedió en varias oportunidades. No ha querido tocar un cigarro. De igual modo, aún no se ha lanzado a experimentar el sexo con extraños. Es más abierto, dice las cosas.

Por casualidad, vi unos videos suyos con unos amigos fumando y tomando cerveza en una discoteca, me preocupé y le aconsejé sobre las adicciones. Me respondió que el cigarro le da asco, pero la cerveza le gusta y se toma solo una o dos.

Quise protestar, pero las soluciones drásticas ni los castigos conllevan a nada bueno, educar, pactar, son más aconsejables.

Seguramente cometerá estupideces, porque la presión del grupo se impone, pero los consejos de mi parte no le faltarán. Ya le he contado de mis vivencias.