Mucho ruido, poco respeto

Por Alexander Londres

Foto: Angenita Jansen

HAVANA TIMES – El tema del ruido es, desde hace algún tiempo, uno más de los cotidianamente populares y recurrentes en Cuba.

No precisamente debido a la saga de ciencia ficción en la que diplomáticos estadounidenses son afectados por armas sónicas y quedan sordos, sino a causa de los nuevos modos y la efervescencia de la vida cubana contemporánea.

Disímiles plataformas comunicativas se han hecho eco de sus efectos y -algo que años atrás no se hacía- ahora abordan el tópico desde la contaminación ambiental, teniendo en cuenta su consideración por especialistas como el cuarto agente contaminante después del agua, el aire y los residuos sólidos.

Redimensión de un viejo problema, que atañe a todos, porque a todos afecta de una u otra forma: en los barrios, en la calle, en los centros de trabajo, la mayoría somos susceptibles de ser víctimas del ruido. Pero, aunque es importante -sobre todo, desde una perspectiva educativa-, hablar y hablar del tema no es suficiente.

¿Cubanía = ruido?

Hay quienes han llegado a justificar el incremento de los niveles de ruido ambiental y doméstico con el cliché mediático del desenfado y la alegría del cubano. Apología de los más dados al bullicio, para continuar “sonando” amparados por la creencia ampliamente arraigada de que cubanía y escándalo son lo mismo. Verdad a medias erróneamente absolutizada, que no se sostiene ante los muchísimos cubanos que nada tienen que ver con la algarabía, ni asumen el ser alegres en relación conflictiva con una buena educación, con las normas de civilidad y la sana convivencia.

No obstante, es muy frecuente encontrar en nuestros barrios a los bullangueros, “permanentemente contentos”, que sin mirar el derecho del prójimo (el vecino) a disfrutar de su tiempo en paz, a convivir sin las molestias del ruido indeseado, desatan su cuestionable gusto musical y desenfreno sonoro, en tanto atropellan la tranquilidad de los otros y apabullan sus oídos (y de paso los propios) en un total irrespeto del espacio acústico ajeno.

Para disuadir a esos individuos de sus griterías y conciertos privadamente públicos, generalmente no basta hacerles saber el daño que causa a la salud humana, la exposición continua a altos volúmenes de sonido, ni que los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomiendan hasta un máximo de 65 decibeles durante el día y 55 durante la noche. Ni siquiera existen instrumentos legales aplicables a los emisores de ruido.

Foto: Angenita Jansen

Intentar darles una probada de su propia medicina, hacerlos sufrir el pitido anunciador de un vendedor de pan a las 4 y 50 a.m.; los pregones más irritantes; el claxon insistente de un carro en el oído a cualquier hora; la vecina vociferando a su hijo ¡Ismaeeeeeeeeeel!; las señoras madrugadoras que comentan sus “actualizaciones periodísticas” a voz en cuello; el concierto de cincuenta reguetones seguidos, que estremecen las paredes compartidas, en plena mañana del único día de descanso… ¿Algo de eso haría a los desentendidos entrar en razón?

…Con su música a cualquier parte

Tiempo atrás, en el transporte público, por ejemplo, el problema solo eran los chóferes que llevaban hasta nivel de estrépito la música de los altavoces del vehículo. Hoy, a aquella antigua problemática, se suma la proliferación de los “DJs ambulantes”, que, con la cada vez mayor potencia de sus dispositivos portátiles, obligan a las personas cercanas a escuchar la ¿música? a altos decibeles en los espacios abiertos -e incluso cerrados- de uso público (en algunos casos hasta en instituciones sanitarias).

Hace unos días, ante la vista de uno de esos individuos con su reproductor a cuestas, alguien comentaba que parecía una especie de retorno a aquellas décadas del siglo pasado, en que era muy usual ver a las personas pasearse con su grabadora al hombro. Pero el tono nostálgico del momento se desvaneció mientras se acercaba el personaje, imponiendo a todo volumen su molestísimo “hit del momento”, a cuantos estábamos en el radio de alcance del equipo.

Desafortunadamente, ese ya deja de ser un caso aislado, para convertirse en un proceder invasivo que se extiende, especialmente, entre los más jóvenes, pero también entre unos cuantos mayores, quienes asumen que todo el mundo prefiere escuchar el mismo tipo de música, o siente la misma devoción por los temas y ¿artistas? que la farándula y/o el paquete semanal ponen de moda.

Una cosa es que, a sabiendas de los efectos nocivos del ruido, se decida acudir a clubes, discotecas o centros culturales y exponerse durante horas a música alta, porque guste lo que se escucha. Otra cuestión bien diferente es sentirse violado acústicamente por sonidos no deseados en prácticamente cualquier lugar.

¿Taparse los oídos?

En Cuba rigen la ley 81 del Medio Ambiente y los Decretos Ley 141, de 1988 y 200, de 1999, cuya aplicación depende de acciones interinstitucionales y multisectoriales, pero está a cargo de las estructuras a todos los niveles del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, el cual, en un informe ante la Asamblea Nacional del Poder Popular en 2016, hace solo una somera referencia al tema, aludiendo  “la indisciplina social de la población en sus viviendas, autos, bicitaxis, etc. y la que ocurre, por la falta de exigencia de las administraciones y sus niveles superiores de dirección en algunas instalaciones recreativas. También están incidiendo en esta problemática algunas actividades del trabajo por cuenta propia como por ejemplo los chapistas, los carpinteros, los poncheros, etc.”

Calle de Alamar. Foto: Irina Echarry

Luis Felipe Sexto, especialista en el tema, asegura que sería prudente una actualización, en materia legal, para estar a tono con las prácticas internacionales y la realidad actual, teniendo en cuenta que los intensos cambios que ha sufrido el panorama socio-económico cubano luego de la aprobación de aquellas regulaciones aún vigentes, han impuesto variaciones también en el ambiente sonoro.

Desandar cualesquiera de nuestras vecindades más populosas sería suficiente para comprobar cuánto se ha extendido la epidémica tergiversación del término fiesta, la impunidad de la bulla en el espectro acústico urbano, a cualquier hora y en cualquier lugar, a expensas del bienestar colectivo; circunstancias que, si se suman a los ruidos característicos del desarrollo económico y social, convierten el día y la noche sencillamente en la insoportable banda sonora del infierno, así como a la híper aludida tranquilidad ciudadana y a la consigna cederista del respeto entre vecinos, en puras utopías.

Al calor de los más intensos encontronazos ruido musicales -amplificados por la obligada cercanía vecinal que a través de los años ha impuesto el complejo entramado y la escabrosa situación de la vivienda en Cuba-, a los afectados -no pocos- no (nos) queda más que la denuncia telefónica.

En el mejor de los escenarios, la autoridad policial envía una patrulla luego de un determinado número de quejas. Pero ¿y después de la verificación? ¿Se le da el adecuado seguimiento al caso? ¿Qué pasa con los reincidentes? ¿La usual aplicación de multas de entre 200 y 2250 pesos es medida eficaz y suficiente? ¿Qué sucederá entonces en unos años, si las indisciplinas sonoras continúan su incremento en nuestra sociedad, sin una estrategia debidamente estudiada, articulada e implementada para ponerlas en stop? ¿Llegará el momento en que tendremos que andar con orejeras aislantes para cuidar la salud auditiva?

Me pregunto, además, si después del actual “boom” del tema, continuará el ruido en el foco de atención y se exigirá a todos por igual el cumplimiento de las normas establecidas sin diferenciación de sectores -privado, estatal, residencial- para llevar a cabo la ofensiva.

La base insoslayable de todo el asunto radica en el respeto imparcial de los derechos de todos, sin diferenciación, para que, a tenor de la vulneración, la solución más asequible no continúe siendo taparse los oídos.

Un comentario sobre “Mucho ruido, poco respeto

  • que informacion maneja el autor para declarar mondo y lirondo que :” No precisamente debido a la saga de ciencia ficción en la que diplomáticos estadounidenses son afectados por armas sónicas y quedan sordos” ?? sera mentira lo que le paso a los diplomaticos de EEUU y Canada ???? Si el sabe algo por que no lo explica en un articulo ??No le ira a hacer caso a lo que dice el MININT, no ??….o si ??

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *