S19: Mi Terremoto

Por Lázaro de Jesús González Álvarez [1]

En cuestión de minutos, la naturaleza mostró una asombrosa fuerza destructiva. (Tomada de publimetro.com.mx)

HAVANA TIMES – “No hay palabras” es el cliché salvador, cuando la huella que la realidad imprime en el ánimo subyuga nuestra capacidad expresiva. Sin embargo, a veces urge encontrar las palabras. Por muy insuficientes que nos parezcan, poseen un encanto irrefutable. Su singularidad comunicativa han resistido, durante siglos, las pretensiones colonizadoras del lenguaje iconográfico. Entre otras cosas, porque las imágenes evocadas por el lenguaje escrito son de una naturaleza parcialmente desconocida. Y en esa dimensión medio misteriosa, la figuración retórica se parece un poco a los sismos, tan veleidosos e impredecibles.

No lo voy a negar. Ante la fuerza destructiva del terremoto que azotó el centro de México el pasado 19 de septiembre, mi reacción inmediata fue la mudez periodística, sobre todo, por dos razones principales: 1) había muchas cosas urgentes que hacer en la calle, y 2) tenía (tengo todavía hoy) demasiadas experiencias nuevas que procesar. Con el paso de las horas comencé a sentir la necesidad de escribir “algo”, pero, con inusual premeditación, decidí dejar pasar un rato, a fin de atemperar las pasiones con ciertos aires de “cabeza fría”.

Hoy, al cabo de dos semanas, espoleado por la inconformidad con buena parte de la información generada a partir del suceso, me lancé a contar estas impresiones personalísimas sobre este magno desastre natural, que tiene a todo México y a medio mundo en vilo. Este caprichoso enojo de mamá Natura, cuya iracundia nada maternal volvió a castigar al pueblo mexicano, justo 32 años después de aquella megatragedia de 1985, y apenas a 12 días de que otro poderoso y devastador terremoto asolara la región sur del país. Cualquier acusación por ensañamiento estaría justificada.

El breve espacio en que sufrí

Una pleamar de emociones encontradas, quizás sea la frase que mejor resuma mi sentir a raíz del S19. Es difícil describir cómo un alma en pena, asustada y agitada puede transitar abruptamente entre sentimientos extremos, en cuestión de segundos, minutos, horas, días… De forma tal que el tropel de conmociones se te agolpa en el pecho, en extraña y explosiva mezcla.

Miles de personas se volcaron a la búsqueda de sobrevivientes y fallecidos entre los escombros. (Tomada de telemundo.com)

Lo primero es el susto: “Teacher, ¡está temblando!”. Me disparo del asiento y antes de llegar a la puerta del salón, comienzo a escuchar la rezagada alarma sísmica. “¿Llegaré a salvo al jardín?”. Durante unos segundos odio a la multitud que –a paso lento, según mi prisa– obstaculiza la salida frente a mí. No había acabado de recobrar la calma, cuando empiezan a desembarcar las noticias sobre decenas de derrumbes. La vida se viene abajo.

Es imposible no angustiarse hasta la enésima potencia. Sin que lo informen de manera oficial, el sentido común sugiere que mucha gente ha muerto, está muriendo o morirá en las próximas horas bajo el manto cruel de los escombros. En un abrir y cerrar de ojos, el más fatal de los verbos se conjuga en mi cabeza, sin parar y hasta doler. ¡Cuánto horror!  Al mismo tiempo, y sin rubor, debo sentir alivio y agradecer a la parca por no elegirme. Ante un desastre de esta índole y magnitud, sencillamente cualquiera puede engrosar la lista de los venerados el próximo 2 de noviembre. Y esa mera insinuación alcanza para llorar sin consuelo durante horas.

Aunque, a decir verdad, nunca he sido asustadizo ni dado al llanto. Prefiero pasar rápido del lamento a la acción. Pero esta vez, el caos vial coarta mis impulsos, y de qué manera. Una estampida vehicular se apodera de las calles y salir del Colegio de México parece poco menos que un salto al vacío, mejor dicho, al repleto. Incluso caminando tardaría horas en llegar a mi casa. No me queda otro remedio que aguardar. En algún momento el tsunami de tráfico bajará, eso espero. Mientras, aprovecho el lujo de poder informarme, a cuenta gotas, del desastre. La mayoría de los capitalinos quedó sumida en un apagón eléctrico y comunicacional. Junto con los edificios colapsaron los servicios de electricidad, telefonía celular e Internet, justo cuando más falta hacía.

Antes de continuar, debo confesar una terrible coincidencia: esa mañana, como cada 19 de septiembre, se realizó un masivo simulacro de evacuación por sismo. Mientras salía del laboratorio de Computación, bromeé con una amiga: “¿Te imaginas qué pasaría si durante el simulacro, que la gente no lo toma muy en serio, tiembla de verdad?”. ¡Maldita ocurrencia! Dos horas después, mi “conjetura” se cumplía, con un pequeño desfase, pero un impacto fulminante. De ahora en adelante prometo morderme la lengua, por si las moscas.

Torrentes de solidaridad (y de incapacidad gubernamental)

A las 6:00 p.m. me aventuro a la calle, no me va tan mal como esperaba. El pesero a vuelta de rueda, pero avanza. El metro funcionando, bastante lento, pero gratis; aunque sospechosamente vacío. Al parecer, la gente teme adentrarse en las entrañas de un suelo tan furioso.

Ya sabía por el Whatsapp que el viejo edificio donde rento había resistido. Pero reconforta verlo en pie con mis propios ojos, entre penumbras, pues hay apagón. Los reportes de asaltos por parte de oportunistas delincuentes, que nunca faltan, aconsejan permanecer en casa.

Con el puño en alto se llamaba al silencio, para poder escuchar posibles señales de auxilio entre las ruinas. (Tomada de suracapulco.mx)

Cuando a las 11 de la noche restablecen el servicio eléctrico en mi barrio, junto con mi esposa y una amiga salgo a la calle a echar una mano en lo que haga falta. La esquina contigua a Petén y Emiliano Zapata, donde tuvo lugar uno de los más sonados derrumbes de la Delegación Benito Juárez, parece un hormiguero gigantesco.

Las olas de brazos yendo y viniendo es impresionante. Sinuosas cadenas humanas se articulan y desdibujan en un santiamén, siguiendo anónimas voces de mando, salidas de la nada. Cientos de paquetes de agua, bebidas y alimentos flotan entre las manos a altas velocidades, antes de amontonarse en algún rincón.

En ese lugar continuamos ayudando durante un par de horas, profundamente contagiados por el furor de una marea de solidaridad espontánea que ninguno de nosotros (tres extranjeros) jamás habíamos experimentado.

Como por arte de magia, todos los allí presentes han convertido el dolor en energía. La tristeza en amor. Unidos sin distinciones de ningún tipo, el ambiente destila humanismo a cántaros por todos sus costados. Ríos de emoción y adrenalina corren por nuestros cuerpos, con una urgencia inusitada: el prójimo nos necesita ya. La excitación colectiva raya con la euforia. Muy pronto empiezo a percibir cierto grado de “voluntariosa desorganización”.

A lo lejos, diviso dos filas de civiles con cascos trasegando escombros. Pero hacia esa zona ya la policía no permite pasar. Brigadas especializadas de “topos”[2], personal de La Marina y de la Secretaría de Medio Ambiente copan las tareas de rescate y salvamento de los sobrevivientes y de los cuerpos de los fallecidos.

El puño en alto es la contraseña para pedir silencio. Escuchar indicios de actividad humana es ahora, tal cual, una cuestión de vida o muerte. Cada vez que el mar de gente se abre en dos mitades, y una ambulancia cruza presurosa la calle, un concierto de lágrimas inunda nuestros rostros. Esa noche y durante los próximos días, la escena se repite en las colonias afectadas. Miles de hombres y mujeres luchan por arrebatarle a la muerte algunas decenas de rehenes. En medio de semejante desgracia, cada pequeña victoria suscita un enorme júbilo.

Temprano en la madrugada, literalmente sobramos. La zona está rebasada de personal y el descabezamiento de tamaño esfuerzo popular es evidente. Se echa de menos a un mando que enrute por buen cauce tantas ganas de cooperar.

Entiendo que vivimos un desastre de grandes proporciones, pero ¿acaso el Gobierno no ha planificado su reacción ante contextos como este? ¿Será tan difícil que las fuerzas públicas coordinen las acciones en un perímetro tan pequeño como una manzana? Más allá de esta experiencia inmediata, ante mis ojos, el Estado mexicano ha reafirmado su debilidad; su incompetencia para manejar con eficacia una situación de desastre se refleja, a nivel global, en el recelo de la sociedad civil hacia la gestión estatal y, en particular, en el penoso show mediático que muchos consumimos.

“Frida Sofía”: un deleznable reality show

Porque viví una experiencia similar, puedo figurarme con cierta nitidez cuál sería el grado de confusión y desorden imperante en el colegio Enrique Rébsamen, sitio donde se exacerbaba la gravedad de la tragedia ante la condición de infantes de la mayoría de las víctimas.

Desde muchos países llegaron brigadas de expertos para cooperar en los rescates. (Tomada de periodicocorreo.com.mx)

La angustia que genera el sufrimiento de los niños movilizó a mucha gente in situ, pero también a través de los medios de comunicación. La posibilidad de rescatar a algunas de esas criaturas con vida estremecía a todo el mundo hasta los tuétanos. Más aún a los cientos de voluntarios que colmaron la escuela y la convirtieron en un hervidero incontrolable.

En medio de ese “campo de guerra, bañado en sangre”, como lo describió un padre a una periodista local, el 20 de septiembre cobró vida un rumor que alcanzó dimensiones desproporcionadas y es objeto de enconadas controversias en la prensa y la sociedad mexicana: el caso de Frida Sofía. Yo mismo pasé la noche en vela, carcomido por la ansiedad, esperando el “inminente” rescate de la niña. Al igual que el resto de los espectadores, sentí mucho enojo al día siguiente cuando supe del “equívoco”, que no me atrevo a llamar farsa por falta de evidencia.

Cuesta creer que el Gobierno se haya atrevido a orquestar un engaño tan macabro y que Televisa coprodujera la obra. La sociedad mexicana no es la misma de 1985, cuando el caso de un niño apodado Monchito, supuestamente atrapado entre los escombros, acaparó la atención del país durante semanas, en vano.

En la actualidad, los mitos se desmoronan rápido ante la veloz emergencia de fuentes diversas de información, cuyo vertiginoso cruce desafía los monopolios informativos. Me niego a creer que La Marina y Televisa sean tan temerarios como para jugarse su credibilidad en la ruleta de la opinión pública. La necedad tiene límites.

Ya he escuchado disímiles testimonios vertidos desde diversos ángulos de este escándalo mediático. Y, aunque el entuerto es mayúsculo, me decanto por una concatenación lamentable de yerros profesionales que, de forma muy irresponsable, inflaron a más no poder un globo noticioso condenado a explotar.

La determinación de los culpables de tamaño delirio merece una profunda investigación detectivesca (o quizás de psicología social en tiempos de crisis). Pero, en este momento eso no es posible (más allá de la ineptitud de los altos mandos de La Marina que divulgaron información rotundamente falsa). En todo caso, parece más útil trascender el “qué sucedió” y centrarnos en el “cómo sucedió”. Y ahí Televisa no escapa a la andanada de críticas.

En primer lugar, la ausencia de un serio contraste de fuentes durante toda la cobertura parece una pifia de aficionados al periodismo, imperdonable, la cual trasciende, por mucho, a la reportera que pone la cara frente a la cámara (quien, por cierto, sí tenía a mano diversas fuentes y no las consultó).

Pero lo más reprochable del caso, y en esto quiero enfatizar, es el tratamiento del suceso. Con su acostumbrado sensacionalismo amarillista, Televisa convirtió el presunto rescate de una niña en un reality show y exageró ad infinitum el dramatismo del momento.

El acontecimiento fue aderezado, discursivamente, con todos los ingredientes de la telerrealidad, “empaquetado” y vendido como un espectáculo en vivo. Recuerdo que, incluso antes de conocer el desmentido, a mitad de la noche, le dije enojado a mi esposa: “Ya estos cabrones están usando la desgracia ajena como mercancía”; apagué el televisor y no he vuelto a sintonizar ese canal.

Nebuloso porvenir

Más de 300 fallecidos es un saldo demasiado tenebroso para un fenómeno cuya onda principal dura poco menos de un minuto. Es cierto que México ha vivido tragedias peores. Pero, cada vida desgajada repentina y violentamente de su tronco familiar, por un terremoto, es como un pequeño infarto para un pueblo que late a coro, y en el día a día transpira mucha identidad nacional (a veces en exceso y con consecuencias cuestionables).

Cada sobreviviente rescatado significaba una bocanada de esperanza, en medio de tanto dolor. (Tomada de cnnespanol2.files.wordpress.com)

A decir verdad, hay otros sismos sociales –como el narcotráfico, los feminicidios, la violencia doméstica, las pandillas, la pobreza extrema– que cercenan la vida de muchos inocentes cada año, y pasan desapercibidos ante la vista de buena parte de la ciudanía. Habrá que estudiar por qué ese pueblo que se vuelca a las calles a socorrer a sus hermanos afectados por un desastre natural, no combate con similar denuedo aquellos problemas sociales cotidianos.

Por el momento, como buen “observador internacional”, quedo a la expectativa de qué pasará con la solidaridad de los mexicanos en los próximos días: ¿se extinguirá rápidamente o persistirá durante suficiente tiempo?

La suerte de miles de personas sin hogar está echada, y sobre los hombros de sus compatriotas recae buena parte de las chances de hacer menos infernales los próximos meses, so sólo acopiando la generosa ayuda popular, sino exigiéndole transparencia y eficacia al Gobierno en la gestión de los recursos, durante el largo proceso de reconstrucción. Tampoco sería mala idea –se me ocurre– que los gobiernos estatales y federal practicaran, a lo interno, simulacros de reacción ante emergencias; una buena dosis de coordinación y liderazgo empalmaría mejor con la formidable voluntad solidaria de este pueblo altruista.

Vendrán nuevos terremotos, lo sabemos. ¿Cuán poderosos? es un misterio. De hecho, esta semana la zozobra se ha arrellanado en el centro de nuestras vidas, ante la amenaza potencial y real de nuevas réplicas. Cada vez que la alarma sísmica se dispara, sangramos por la herida abierta del S19, que nunca llegará a cerrar del todo. Por desgracia, tenemos que vivir con este tatuaje en la piel de la memoria. Hagamos que, desde cada pequeño espacio de este país, el infortunio también tiemble. Que el puño en alto derrumbe nuestros más curtidos miedos.
—–
[1] Periodista y sociólogo cubano, residente en México. En la actualidad estudia el Doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología en el Colegio de México.

[2] Los “topos” es el nombre genérico con que se denomina a un conjunto de cuerpos de rescatistas, formados al calor del terremoto de 1985 y especializados en labores de salvamento postdesastres. La mayoría de estos grupos están integrados por voluntarios sin ánimo de lucro.

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