El nuevo buzo para el turismo cubano

junio 19, 2014 | | |

Martin Guevara*

Parque Céspedes en Santiago de Cuba.

Parque Céspedes en Santiago de Cuba.

HAVANA TIMES — Esa vez sí había sonado la puerta del quinto piso de mi departamento, esa vez no lo había imaginado como cada mañana cuando me despertaba para ir al baño y regresar a la cama.

Me acerqué en la penumbra del salón hacia la puerta de entrada, y en efecto escuché nuevamente el ruido de unos nudillos llamando sobre la madera, permanecí inmóvil, casi sin respirar, se me hizo una eternidad hasta que por fin vi deslizarse un papel por debajo de la puerta y entonces la sombra centinela comenzó a desvanecerse en el filo de luz que gestionaba el suelo y la base de la puerta.

Esperé unos instantes y cuando vi que a través de la ventana que la persona que había llamado se subía a un coche Lada, recién entonces recogí el papel. Era una citación para que fuese a hablar con quienes me atendían en Consejo de Estado.

Era el año 1987, llevaba unos meses desde que me habían despedido de Ediciones Cubanas, y como todo lo que habíamos acordado que yo haría cuando regresé a La Habana no había salido demasiado del gusto suyo, me dijo Sonia que, o bien conseguía un trabajo de inmediato o me tenía que largar de la isla. En Cuba no se buscaban trabajo por el periódico, te lo tenían que conseguir.

Ahí fue que Froilán, un gran amigo de mi familia, me salvó de garras de la EJT donde me querían enviar, un sitio donde sin dudas, el primer día habría perecido ahogado ante el asalto abrupto de las toneladas de sudor o perforado por los embates que los mosquitos MIG 17 que entrenan entre los cañaverales. Froilán intercedió para que me enviasen a Santiago de Cuba al proyecto Baconao Turquino.

En el aeropuerto me recibió Iván, un joven ingeniero de La Habana, que me dijo que sería mi guía por unos días hasta que me reuniese con el general Robertico y hablásemos de cuál sería mi trabajo. Me llevó en su Lada 1500 a la “casa de visita” donde viviría unos días, una preciosa casona, con habitaciones disponibles para invitados del General.

Iván me enseñó dos habitaciones y me dijo escoge la que quieras, y me elegí una que daba a un jardín florido, y que era muy espaciosa para mí solo. Iván me dijo que había cocineras y mucamas para limpiar la habitación que no había que cocinar nada, pero me llevó a la despensa y las neveras para mostrarme que había todo tipo de carnes embutidos y quesos para comer a la hora que quisiese, de igual modo cervezas y ron a espuertas.

Las habitaciones tenían aire acondicionado y los baños eran individuales y muy cómodos, con toallas que se cambiaban cada día. Al otro día por la mañana fuimos a dar una vuelta por el Parque Baconao Turquino y me explicó que allí estaban desarrollando un complejo turístico que debía dejar pequeño a Varadero cuando estuviese terminado, pero que llevaría años.

Parque prehistórico en Baconao.

Parque prehistórico en Baconao.

A él le habían propuesto como ingeniero mudarse allí y poder desarrollar todo el potencial de sus ideas con total libertad, y me dijo que lo estaba haciendo, me llevó por las obras que había construido y realmente eran inusuales.

En una parte de la costa donde chocaban con fuerza las olas Iván había mandado poner una serie de cañas de bambú de unos quince centímetros de diámetro y diferente altura, formando un sikus gigante y cada vez que las olas daban contra la costa emitía el sonido de una melodía que parecía provenir del mar. Era lindo y además salía de ese esquema socialista de que sólo se construyan cosas prácticas, nada que tuviese como fin la estética pura o el hedonismo de por sí.

Luego proyectó un valle plagado de dinosaurios en estatuas de diferentes tamaños, un hombre prehistórico con su mazo en la mano con los pies a cada lado de la carretera, había que pasar por debajo de él, y eso conducía a un museo de miniaturas que había hecho un suizo.

Cosas raras en la Cuba revolucionaria. Y eso en un par de años solamente, estaba orgulloso y lleno de energía con ganas de hacer cosas, que no necesariamente eran útiles en el sentido clásico que se entiende por la utilidad, que embellecían un lugar tanto, le daban un toque tan personal, que sería eso lo que lo diferenciaría de los sitios exclusivamente estivales.

Tomamos unas cervezas frente al mar y cuando nos fueron a cobrar lo cargaron a una cuenta del Plan, y así en dos hoteles más, y me contó que además de tener crédito libre en el Plan Baconao, por todo Santiago tener nuestra posición era considerado como un privilegio mayor y podíamos entrar en todos los sitios, como restaurantes cabarets, marinas, clubes deportivos, con solo mencionar donde trabajábamos y bajo las ordenes de quien.

Iván me dijo que Robertico le pidió que estuviese unos días conmigo llevándome con él al trabajo y que yo fuese viendo en que me gustaría desempeñarme.

Cuando regresamos a la casa de visita, me eché en la cama con los brazos abiertos mirando el techo, me sentía mejor que si hubiese ido a recoger un premio, yo había ido a enfrentarme a un trabajo que me enderezaría, una especie de castigo, sin embargo cada paso que daba, cada cosa que me enseñaban era mejor, parecía una broma donde había una cámara oculta. Y aún faltaba que me dijesen en donde iba a trabajar.

Cayo Granma en Santiago de Cuba.

Cayo Granma en Santiago de Cuba.

A la semana de dar vueltas con Iván y tener claro que cualquiera de esos sitios me gustaba para trabajar, me mandó a llamar Robertico a su casa de visita. Me pasaron a recoger en un jeep y tuvimos una conversación informal, en la cual por supuesto no podía faltar la admiración de él por mi tío, yo me sentí un poco intimidado ante tanto espacio, tantas botellas de whisky, escoltas o subordinados comiendo sándwiches de jamón, langosta, aquello era una maravilla, ese tipo de castigo era como arder en el infierno de las ninfómanas y el jolgorio.

Me dijo que se tenía que ir ya mismo en un helicóptero, que estaba supervisando las obras del Plan, y que me tenía reservada una sorpresa, que al día siguiente me mudaría al sitio donde iba a trabajar, que por la mañana me iría a ver mi nuevo instructor y jefe.

Lo saludé le di las gracias me tomé dos vasos de whisky antes de salir de allí, y me fui a la casa de visita preocupado por donde sería que me llevaría, pero me daba buena espina la manera en que me había tratado, y además me dijo que si no me gustaba que lo dijese y procuraría otra cosa.

Cuando llegué, Iván me estaba esperando para cenar y para irnos a tomar algunas cervezas por ahí en su coche. El ya sabía que al día siguiente dejaba la casa de visita, y también sabía dónde iba, y me dijo que no podía decirme nada, pero me aseguró que me iba a gustar, que según lo que yo le había comentado y él había visto en mi durante esa semana seguro que me gustaría. Y me aseguró que si no fuese así se lo dijese a él que él se lo decía a Robertico, que le había caído bien y creía que yo tenía que estar donde mejor me sintiese.

Al día siguiente apareció en la casa de visita un hombre bajo, de voz fuerte y con mucha vitalidad, parecía eléctrico, me dio la mano y sonrió a regañadientes, se me presentó como Lázaro, y me dijo que él estaba a cargo del desarrollo de la flota de buzos, de barcos hundidos para hacer turismo subacuático, lo que se llama pecios, y de la extracción de coral negro en las costas de la isla para financiar el proyecto. Me preguntó si me gustaría vivir en un yate y me preguntó si sabía bucear. Le dije que en apnea sí, y me dijo:

“¡No hay problemas vamos a hacer de ti un señor buzo”!

Cuando llegamos al puerto y subimos al yate me dio un camarote comodísimo, empapelado a la inglesa, en el ropero cabían todas mis cosas, tenía mesita de luz y dos camas muy cómodas, con aire acondicionado, y en cuanto dejé la ropa me presentó al resto de la tripulación, su sobrino Omar buzo de unos treinta años delgado y atlético, Albertico un buzo de unos cuarenta años grueso, el cocinero, su hijo que se llamaba Iván como el ingeniero, y Sarita, la bióloga de a bordo. Sacaron unos trozos de jamón y cervezas y me dijeron que había que brindar.

Entre todos me daban una bienvenida que aún parecía que estaba en un cuento, me decían que sería buen buzo, que no preocupase que aprendería con ellos, que Albertico era uno de los mejores buzos de Cuba, a lo que Albertico me dijo que de eso nada, que el mejor era el mismo Lázaro. Me contó que había sido quien había protagonizado una acción para detener un atentado a Raúl Castro, que era famosa porque había sido llevada al cine con éxito bajo el nombre de Operación Patty Candela. También Lázaro fue uno de los buzos que trabajaron en la pantomima de la búsqueda del cadáver o de algún resto de la avioneta de Camilo Cienfuegos.

Cuando me quedé sólo con mi cervecita en la borda mirando hacia al isla Granma en medio de la bahía de Santiago mientras caía el sol no me sentí especialmente bien, necesitaba otra cervecita más.
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Una respuesta a “El nuevo buzo para el turismo cubano”

  1. clara burgos disotuar dice:

    muy bueno

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