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Verónica Vega: Por años me fue difícil elegir entre escribir, pintar o danzar. Escribir resultó lo más rentable e inmediato. Vivo en Alamar, un proyecto de ciudad abortado, que sólo respira por lo que queda de la naturaleza, por la alternatividad cultural, y sobre todo, por la voluntad infinita del alma humana. No me considero periodista. Escribir en Havana Times ha sido sólo una oportunidad para decir lo que creo que se puede mejorar en Cuba.

Para que la última hoja no caiga

enero 20, 2014 | | |

Verónica Vega

ohenry-ultimahojaHAVANA TIMES — Según un cuento del norteamericano O. Henry, el ingenio, el arte y sobre todo el amor, salvaron de la muerte a una joven que sufría una neumonía agravada con un mal peor: el hastío.

En “La última hoja” (“The Last Leaf”), la enferma, que miraba desde su cama cómo el invierno deshojaba a una vieja enredadera, se obsesionó con la idea de que su vida se iría al caer la última hoja de la planta. Un amigo, a escondidas, pintó en la pared donde trepaba la parra, una hoja que permaneció inmutable al viento e hizo reaccionar a la joven.

Siempre que la temperatura empieza a descender, pienso en lo mal habilitadas que están las viviendas en Cuba para el frío intenso, en los precios de las cobijas, la deficiente alimentación y la vulnerabilidad de los pulmones. Pienso en aquel siniestro invierno que segó la vida de un montón de ancianos en Mazorra y en todos los que carecen de fuerzas para enfrentar el desamor y el hastío. Para los que nadie pintará una hoja, un símbolo de esperanza.

Foto: Juan Suárez

Portal.  Foto: Juan Suárez

Justo porque mi madre murió hace unos días de una neumonía fulminante, sé cuánto pesan el tiempo y la gravedad que añade a cualquier enfermedad la acumulación de atascos y desengaños. El dolor físico se hace sustancia mental, inamovible con píldoras o paliativos.

Se habla del creciente envejecimiento poblacional en Cuba, del eterno éxodo, de las irrisorias pensiones y el pésimo estado de los hogares de ancianos, pero se obvia el impacto psicológico del ritmo de sobrevivencia actual en los seres más frágiles.

Los que no pueden correr tras la guagua que paró fuera de parada, soportar las molestias de una espera de pie, un largo ayuno, los que no pueden caminar hasta un policlínico por más cerca que esté, y dependen de un sillón de ruedas inaccesible, la visita de un médico, la urgencia de una ambulancia.

El desamparo de los ancianos en Cuba es grave, no lo contienen la ironía de un titular, fotos dramáticas, la acidez de los debates ni la relatividad de las estadísticas. El ejemplo no tan lejano de Mazorra denota cuán efímera puede ser la repercusión de una tragedia.

La diferencia de clases en la población día a día se ensancha. Y con ella se reactivan frustraciones sutiles, complejos, humillaciones. He visto a una dependienta, con explícito desprecio revisar contra la luz el billete ofrecido por un anciano de aspecto humilde y manos temblorosas. Mi billete era idéntico y no lo revisó.

Sin casa.  Foto: Juan Suárez

Sin casa. Foto: Juan Suárez

He visto a un anciano en una guagua demostrar ansiedad por llegar a la puerta mucho antes de su parada solo por temor a no llegar a tiempo a la puerta por el flujo de gente y su incapacidad de abrirse paso con violencia. He visto a un ciego caminar por la orilla de una calle en Alamar, evitando un terreno irregular y casi ser atropellado por un vehículo.

Me pregunto por qué las organizaciones de masas –de probada eficacia en el control político pero también en la prevención y organización ante desastres naturales–, no se encauzan en censar y proteger al adulto mayor, tan desatendido con los altibajos del actual sistema de salud pública. O a los discapacitados, los alcohólicos, los corroídos por la miseria y/o la tristeza.

Qué clase de hombre nuevo se proponía lograr un sistema donde la ideología ha sido más importante que la compasión. La solidaridad humana es innata, por más oculta que parezca ahora mismo en esta crisis de la economía, y del espíritu.

Los proyectos sobre el futuro de Cuba, TODOS, deberían incluir la premisa de la preocupación por el prójimo, sin que medie una ley, una orden “de arriba”, ni el estorbo de la burocracia.

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2 respuestas a “Para que la última hoja no caiga”

  1. Alfredo Fernández dice:

    Hola Vero, muy triste y real tu post, lamento que hayas perdido a tu mamá, te acompaño en tu tristeza.

  2. Marlene Azor dice:

    Tienes toda la razón Verónica. Demasiado triste todo lo que cuentas, yo ando con el corazón estrujado frente a esa realidad. En el 2013 varios burócratas responsables del mantenimiento de las casas de abuelos y de los asilos de ancianos, dijeron que el problema era serio y se ocuparían, además con el llamado del propio presidente. Sin embargo la reiteración de “las promesas incumplidas” en casi todo lo que proponen me dejan tan escéptica como si no lo hubieran dicho.
    Te acompaño en tu tristeza por perder a tu mamá.
    Un abrazo solidario.

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