author photo

Erasmo Calzadilla: Cuento ya con 34 años sembrado en un barrio de retirados militares hacia el límite sur de la Ciudad de la Habana. Soy, no se por qué, un apasionado del pensamiento, la filosofía, el arte, la ciencia, la amistad, la música y en fin, de todo lo bueno que ha hecho ese arrebatado del hombre, la naturaleza, dios, o quien quiera que haya sido el autor. Realmente me gradué de Licenciado en Farmacia, pero trabajo como profesor de lo que pueda, allí donde me quieran y me crean. Es importante destacar que también estoy muy bien definido políticamente: soy un agrio opositor de los mandones, los abusadores, los impositivos, los que se creen con la verdad etc. pónganse estos el traje que se pongan. A ellos de vez en cuando dedico unas palabras airadas.

Una visita al planetario de La Habana

noviembre 13, 2013 | | |

Erasmo Calzadilla

El planetario en La Habana Vieja.  Foto: Abel Ernesto (AIN)

El planetario en La Habana Vieja. Foto: Abel Ernesto (AIN)

HAVANA TIMES — De niño mi abuelo solía llevarme al planetario del museo de ciencias naturales, en el Capitolio. Llegaba allí ilusionado con la astronomía pero casi nunca podía disfrutar o aprender cosa alguna.

El problema es que siempre coincidía con piquetes de diablillos hiperquinéticos traídos desde las escuelas cercanas en plan de visita programada. No más apagarse la luz estallaba un Big Bang de chillidos, aullidos, corretaje y broncas.

Volaban bajito a gran velocidad objetos no identificados mientras en la pared se proyectaba el sereno e imperturbable movimiento de los astros.

Pese a la amarga experiencia aún me gusta el cosmos, por eso hace unos días pagué la elevada suma de diez pesos (CUP) y entré por primera vez al sofisticado planetario de la Habana Vieja, donado por Japón.

Ya en la sala percibí horrorizado la presencia de un grupo de escolares en visita programada. Esta vez también salí decepcionado, mas no a causa de los muchachos.

Cuando apagaron las luces, una voz en off, de esas que tratan de imitar el entusiasmo científico, comenzó a explicar el espectáculo que se proyectaba en el abovedado techo.

Los chicos, aburridos, supongo, de los teleprofesores y las teleclases, enseguida perdieron el interés y se pusieron a conversar. El murmullo fue in crescendo y hubo que detener la maquinaria hasta restablecer el orden.

La algarabía no llegó a ser ni lejanamente parecida al caos primigenio que tenía lugar décadas atrás en el planetario del Capitolio.

Desde mi punto de vista y el de los chicos, la función fue extremadamente corta y poco interesante, pero lo más feo ocurrió luego.

Ya en el portal, las maestras, enfurecidas por la “indisciplina” cometida, pararon a los pioneros en posición de firme y empezaron a descargarles en clave de chusmería solariega. A gritos delante de todo el mundo.

La chusmería o el aguaje parecen ser los métodos de control por excelencia en las escuelas habaneras. Todos lo terrible que viene después: desde la incivilidad ciudadana hasta el totalitarismo, parte de un profesor (o un padre) faltándole el respeto a un niño a base de gritos, amenazas y groserías.

Me atrevería a decir que los golpes y castigos de los antiguos maestros eran más dolorosos y bochornosos (porque apelaban a la vergüenza) pero menos corrosivos sobre la autoestima.

El graduado de un entrenamiento anti-cívico como el que se imparte hoy en las escuelas, yace preparado para asumir como lo más normal del mundo que los funcionarios públicos lo pisoteen cual colcha de trapear. O al contrario, para pisotear a otros en caso de convertirse en funcionario público.

Ese es el verdadero training en cultura política y no la asignatura que bajo tal nombre aparece en el programa de estudio.

Pero no hay que verlo como un fatalismo astrológico. Debe existir algún modo de quebrar esa cadena cuyo eslabón principal dista de ser el maestro.

No sé si apelando a la naturaleza o al progreso, a Jesús Cristo o a los orishas, a los ancestros o al superhombre, al liberalismo, al anarquismo o al comunismo, tenemos que acopiar valor de donde sea y echar fuera el conformismo que nos han inoculado; hay que rebelarse ya.

Si nos cuadramos para que los escolares de estos tiempos, es decir nuestros hijos, hermanos, nietos, sobrinos, vecinos etc., sean tratados en la escuela como sujetos de respeto, seres a los que no se les puede ningunear impunemente, por condiscípulos o profesores, entonces tal vez en la próxima generación reaparezcan los indignados cubanos, síntoma de buena salud civil.

Y si las escuelas no son capaces de mantener un orden mínimo sin recurrir a humillaciones, a violencia verbal o psicológica, renunciar a ellas cuanto antes, que siempre es más fácil adquirir instrucción por fuera que reparar una dignidad o autoestima dañada.

Imprimir Imprimir |


Haz un comentario

2 respuestas a “Una visita al planetario de La Habana”

  1. Eduardo Fernández dice:

    Que buena onda el post. Bien por Erasmo. Propongo hacer una escuela racionalista como la que le costó la muerte a Ferrer i Guardia. Vayan pasando la lista de los que mandarán a sus infantes.

  2. Isidro dice:

    Erasmo:

    Has tocado un tema de honda repercusión y /múltiples aristas, que requiere de más de un texto si se quiere abordar con seriedad, en procura de algún consenso: Hace rato que se impone una reevaluación del tema de las jerarquías sociales en Cuba y del trato interpersonal. En demasiadas ocasiones se ha obviado que todos deberíamos tener los mismos derechos, pero que no somos iguales. Y que los funcionarios – desde el primer magistrado hasta el último empleado de oficina – están para servir al público, no para servirse de éste, como suele suceder con harta frecuencia. El trato de esas maestras a los educandos es apenas una manifestación derivada de la violación de ese entendido. Hay mucho más que apuntar, pero no pretendo agotar el tema. Sólo quiero añadir que, al señalarlo, como has hecho tú, ya estamos dando un paso adelante. Ahora sigamos dándole palos al burro.

Escriba una respuesta