author photo

Francisco Castro: Nací en Santiago de Cuba y vivo en La Habana desde que ingresé en el Instituto Superior de Arte en el 2004. Ser homosexual en una sociedad tradicionalmente homofóbica, y no esconderlo, me convierte automáticamente en un revolucionario. Ser un joven que vive convencido de que el otro siempre puede ser mejor me hace vivir en medio de un jardín espinoso, en el que me he lastimado mucho, así que decidí buscar un machete y cortar cada una de esas ramas, y hacerlo aquí, directamente en el jardín, el que me tocó, el que amo cada vez más por elección, porque es mío. Vivo dedicado a esa búsqueda, la del machete, y también busco ayuda, para encontrarlo y para limpiar el jardín.

La maldita paranoia

agosto 14, 2013 | | |

Francisco Castro

HAVANA TIMES — Que me digan paranoico si quieren, pero amigos, las oportunidades las pintan calvas, así que la tomo de inmediato entre mis manos, antes de que se me escape, y no la pueda agarrar por los pelos.

Hace poco compartí con los lectores de Havana Times unas pequeñas alegrías, entre las cuales se encontraba el descubrimiento de un programa de televisión del Canal Habana, que tenía a un hombre despampanantemente gay como personaje.

Esto llamó mi atención, porque la televisión cubana se ha demostrado ser abiertamente homofóbica. Comenté sobre la irregularidad en su salida al aire, y especulé sobre las posibles razones, entre las que está, principalmente, la de este personaje gay.

Paranoico que soy, pensé casi con despreocupación, en la idea de que el programa no iba a salir más al aire. Y adivinen qué… ¡acerté!

Luego de un par de semanas sin noticias del destino de este especial de verano del Canal Habana, se anuncia la salida de otro programa, con el mismo conductor, que no es gay, el mismo diseño escenográfico, aproximadamente las mismas secciones, por supuesto, grabado, y ni rastros de homosexualidad por ningún lado.

De hecho, ni rastro de sexualidad, homo o hétero, una de las cualidades que mejor se explotaban con los conductores desaparecidos. No rastros del desenfado o del glamour que tanto admiré, por inusual, en la televisión cubana.

Más bien percibí un tufillo a miedo. Miedo a cruzar la muralla de prohibiciones oficiales. A pesar de mantener al conductor principal, y con este su personalidad jaranera, se le sienten las nalgas entumecidas aun, por los cintazos recibidos por algún big daddy.

Caquita nené, hay cositas que no se hacen en la televisión cubana.

No obstante, los realizadores han puesto, entre col y col, su protesta. Y si no es así, si es pura paranoia mía, asumo totalmente la responsabilidad de esta opinión.

Este “nuevo programa” comenzó con una canción de Buena Fé: “La culpa”. Las bailarinas sostenían pañuelos rojos. Y más adelante, el conductor improvisó una coreografía con el público, con el ritmo del “Baile del buey cansa´o”, de la orquesta Van Van.

Me explico: Aunque el dúo Buena Fé esté considerado por muchos, como parte del show del gobierno, armado para aparentar cierta apertura, cosa esta que no me consta, lo cierto es que muchas de sus canciones hacen fuertes críticas sociales, e incluso políticas, y esta que pusieron en el programa, se refiere a las culpas, y a la conocida circunstancia de que a la hora de dar cuentas, nunca pertenece a nadie. La sutileza de las responsabilidades.

Los pañuelos rojos: Los toreros utilizan banderas rojas para excitar a los toros. La sutileza de las provocaciones.

“El baile del buey cansa´o”: No tengo idea de las circunstancias que dieron al traste con la creación de esta canción. En el momento en que se hizo pública, los Van Van recuperaron la popularidad que había comenzado a darles la espalda. En el contexto que me ocupa, la siento como una referencia a la decadencia de los centenarios que se agarran con las uñas a un poder, que no puede tardar mucho más tiempo en escurrírseles como arena. La sutileza de la decrepitud.

Pero, ¡vamos!, quién dice que todo esto tenga algún sentido. Cómo saber que no es más que la concreción en ideas de la paranoia que me posee.

Pero si me dan la oportunidad, la aprovecho. Y créanme, no hay que estar con cuatro ojos para cazarlas. El buey se cansa de perseguir los pañuelos rojos y no tarda en resbalar sobre sus culpas. Cae una y otra vez, siempre con las patas abiertas, dejando al aire sus interiores inmundos, sin protección ante el escudriñamiento público, ante los palazos que cada vez, se multiplican en cantidad y fuerza. Llegará el momento en que no se pueda levantar más.

Entonces, dejarán de llamarme paranoico, y todo adquirirá su verdadero sentido.

 

Imprimir Imprimir |


Haz un comentario

Una respuesta a “La maldita paranoia”

  1. Isabela dice:

    Excelente como siempre!. Gracias

Escriba una respuesta