Del Hombre Nuevo al Soldado de la Revolución (I)

enero 8, 2013 | | |

Actualización del modelo económico… ¿qué hay del educativo?

Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Foto: David Hall

HAVANA TIMES — Para nadie es un secreto que los sistemas educacionales de las diferentes sociedades responden al objetivo de reproducir las condiciones imperantes en esas sociedades.

Tampoco se descubre el Mediterráneo cuando se comprende que sistema educativo es mucho más que el aparato escolar e incluye órganos de prensa y comunicaciones, rituales políticos, sociales, artísticos y deportivos, etcétera.

La indagación que me planteo en este escrito parte de las transformaciones que experimenta el modelo económico-social cubano y la repercusión que debe traer para el sistema educacional en nuestro país.

¿Por qué es pertinente plantearse esta cuestión? Una señal bien notoria de la pertinencia de este análisis la dio Marino Murillo en la reciente y última sesión de la legislatura parlamentaria cubana, al advertir que los próximos dos años serán los de mayor intensidad en la “actualización” del modelo cubano.

Sin embargo, antes de caer de fly en el futuro, me retrotraje un tilín para poder encontrar la solución de continuidad que permita interpretar el presente y prepararme para el futuro.

Podríamos, por partir de algún lugar, decir que nuestro sistema educativo asumió en cierta etapa, como paradigma, la formación del “Hombre nuevo”, según el concepto del Ché Guevara, aunque haya muchas personas que discutan esta aseveración.

Los incubadores de la generación de los “talibanes” consiguieron desplazar el énfasis del discurso educativo-formativo, sobre todo, hacia la construcción del joven “soldado de la Revolución”. Hoy día se me ocurren algunas razones por las que esto habría tenido amplio sentido.

Como “Hombre nuevo” podríamos entender a la persona más interesada en el bienestar colectivo que el individual; pronta para el sacrificio altruista por ese bien colectivo; feliz de participar dentro de las instituciones de la Revolución y, además, con espíritu internacionalista.

Aunque esta pudiera ser un prototipo ideal para establecer por parte de la vanguardista dirección de un proceso revolucionario según los cánones de cierta época, en la época en la que yo entro a la enseñanza media y luego paso a la superior –en los años ´90 del pasado siglo- mi percepción es que el ideal perseguido había variado un poco.

Los incubadores de la generación de los “talibanes” consiguieron desplazar el énfasis del discurso educativo-formativo, sobre todo, hacia la construcción del joven “soldado de la Revolución”. Hoy día se me ocurren algunas razones por las que esto habría tenido amplio sentido.

El ideal de “Hombre nuevo” no podía ser del todo satisfactorio para la nomenklatura. Este incómodo arquetipo llevaba una dosis de honestidad y valentía que no se suponía que se doblegara ante los imperativos de “el lugar y el momento establecidos”; que también practicara la crítica y combatiera contra los dirigentes que cometieran barbaridades y así sucesivamente.

Por más que al Che le achaquen rasgos autoritarios y demás, en el breve tiempo en el que jugó roles políticos de peso en el gobierno cubano se expresó a favor del protagonismo que debería alcanzar la juventud, con algún tipo de conjugación entre la tutoría de los mayores y su propia iniciativa, sin dejar de escarnecer a ciertos orientadores de la espontaneidad.

La adquisición de los más altos estándares de ciencia, cultura y tecnología eran parte de las herramientas de las nuevas generaciones para adquirir el mayor peso propio, desarrollarse e insertarse ventajosamente en las condiciones mundiales, manejando con sus propias manos todas las potencialidades de las nuevas tecnologías existentes y que fueran surgiendo.

Para colmo, esta idea todavía tenía como objetivo el alcance, en vida de los presentes, de cierto nivel de felicidad que no podía excluir un nivel de satisfacción de las necesidades materiales.

Una persona más consciente de sus deberes como soldado se presta más para la comodidad de la burocracia. Esta preferiría, obviamente, a alguien capaz de obedecer sin chistar. Una persona que viera, como objetivo fundamental de su vida, el sacrificarse por un puñado de ideales enarbolados e interpretados a capricho por los niveles centrales, con absoluto desprecio por una racionalidad dirigida a la satisfacción del bienestar y a las relaciones y comunicaciones naturales con el mundo.

Un ejemplo espectacular podría ser Internet: al “Hombre Nuevo” le correspondería, por su naturaleza, entrar masivamente, con toda la frescura y la audacia, en este revolucionario campo, en cuanto estuvieran listas las condiciones técnicas –como ya es el caso–; el “soldado de la Revolución”, disciplinadamente, acata los mandatos que definen quiénes entran, cómo, cuándo y hasta qué punto.

Solo hay que seguir la evolución histórica de los discursos oficiales y empatar los con las políticas implementadas para aumentar la plausibilidad de lo anteriormente expuesto.

Cada aspecto de la vida, cada faceta correspondiente a su reproducción material y espiritual, como fueron convertidos en legítimos blancos de la petrificación del control monolítico por parte de la cumbre dirigente.

Cada posibilidad de desahogo ¬–actividades económicas autónomas, viajes, comunicaciones internacionales con Internet como ejemplo último- estrechamente reguladas o bloqueadas por décadas.

Por supuesto, aquí hubo una buena dosis que pasó por la defensa ante una superpotencia extranjera, rabiosa y agresiva por la pérdida de su neocolonia, pero con todo y eso, se perdió toda noción de balance entre la necesidad de una trinchera y las libertades y derechos que esa trinchera estaba destinada a proteger.

Al final, ni siquiera el proyecto de impresión de mentalidades de soldaditos fue suficiente. Una tropa puede hacer derroches de heroísmo en situaciones especiales –digamos, los conflictos en África– pero en tiempo de paz no rinde muchos beneficios.

Foto: Janis Hernandez

Lo que es peor, aún para el más disciplinado de los militares llega el momento de preguntarse a dónde lo conducen. Especialmente, para uno que se consagra a los ideales que le sacuden en la cara y empieza a chocar con realidades contradictorias.

Por una parte, encuentra que los que deben ir a la vanguardia, se desvían una y otra vez, engolosinados por las mieles del poder. Por otra parte, percibe que a pesar de todo su esfuerzo e incondicional servicio –para seguir hablando en este lenguaje metafórico– el rancho que le suministra la logística no alcanza, que los uniformes y las botas las tiene que buscar él mismo “por la izquierda”, que el armamento en sus manos se obsoletiza irrevocablemente y así por el estilo.

Si de veras formar soldados era el objetivo del sistema, y el objetivo hubiera sido cumplido, los oficiales podrían empezar a verse en problemas. A menos que el objetivo último fuera otro.

Por lo menos, en el terreno de lo alcanzado, entre los ciudadanos “realmente existentes” no predominó tanto el espíritu del soldado fiel como, más bien, la enajenación, el “arreglárselas uno como se pueda”, y hasta el irse del país. Sintomáticamente, a este acto se le denominaba –¡y muchos todavía lo llaman así!– “deserción”.

Al final, “enajenado” o “desertor”, esta es una persona mucho menos comprometida, de la cual la burocracia no tendría tanto de qué preocuparse. La burocracia podría luego hacer y deshacer, sin temer a una ciudadanía indignada, que se sintiera partícipe de los destinos del país, responsable y receptora directa de las consecuencias de las políticas para bien y para mal.

Ahí es donde cabe preguntarse si el objetivo proclamado de formar ciudadanos con compromiso social –si bien bastante draconiano–, coincidía con el sueño anhelado, nunca reconocido pero mucho más concretado, de obtener una masa maleable y permisiva.

Al menos, a una persona sensata le puede costar trabajo creer que las autoridades no sabían que los métodos que empleaban –supuestamente para el primer objetivo– iban a producir, a la larga, los resultados finalmente obtenidos. Máxime después de tantos intentos, planificaciones, estudios, avisos desde las ciencias sociales, reintentos y más reintentos.

Continuará…

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4 respuestas a “Del Hombre Nuevo al Soldado de la Revolución (I)”

  1. lareevolucion dice:

    Muy interesante tu articulo, habria que preguntarse hasta que punto somos o hemos sido soldaditos o simplemente Hombre Nuevo ? Aunque creo que en mi caso que ninguno de los dos ….

  2. Camilo dice:

    Frase verbal: retrotraerse un tilín (nota para diccionario de la lengua cubana).

  3. Eugenio Díaz dice:

    Magnífico artículo. Provocador y bien escrito. Lo que más me impresiona es que se interna en la reflexión sobre el tema central de Cuba, que la mayoría de los oficialistas y opositores rehuye: la pregunta por el tipo de ciudadanía que se ha construido en Cuba, por el tipo de sujeto político que se reproduce en la isla. Ahí está la clave de lo cuestionable que tienen las instituciones y los valores del sistema político cubano.

  4. Liborio dice:

    Un excelente tema Rogelio. Supuestamente el Socialismo como sistema prioriza al hombre por encima del capital. Pero vemos que en la practica se forman a las nuevas generaciones, se les enseña a soñar, a ser creativos, a darlo todo por la Revolucion y el Socialismo. Una vez formados cuando salen a la sociedad para constribuir al desarrollo del pais, se les cortan las alas, se les pone una mordaza, se les enseña a usar mascaras y a practicar la doble moral, se les cuarta hacer Revolucion.

    Este tema es el mayor fracaso de todos los sistemas llamados socialistas que hemos conocido. Carlos Varela lo reflejo muy bien en su cancion Guillermo Tell, cuando este se nego a ponerse la manzana en la cabeza para que su hijo, supuestamente formado y con deseos de demostrar lo aprendido, disparara la flecha.

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