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Mavis Alvarez: Soy palmera, santiaguera y oriental. Palma Soriano es mi pueblo natal, Santiago de Cuba, la provincia y Oriente se llamaba, antes de 1976, esa parte del este cubano. La gente de mi pueblo, en la época que yo nací, éramos medio urbanos y medio rurales, ni pueblerinos ni guajiros, ambas cosas. Y parece que hay una determinación genética en esa circunstancia, porque a la hora de decidir qué hacer con mi vida, estudié agronomía y cuando terminé los estudios, tampoco se me ocurrió otra cosa que trabajar con los campesinos. Y es lo que hice el resto de mi vida, hasta la jubilación. De vez en vez, escribo relatos con mis recuerdos, estudio lo que me interesa y vivo tranquila en un caserón del Vedado con mi perrita Tuka (que casi es tan vieja como yo). Tengo un solo hijo, que a su vez tuvo cuatro, me ha provisto de dos nietos, dos nietas y una bisnieta. No creo que haya salido mal el saldo, he sembrado árboles, escrito libros y parido un hijo.

Reciclaje en proceso

agosto 5, 2010 | | |

Mavis Alvarez

Foto de Las Terrazas, Cuba por Caridad

Irina, colega de página en HT, comenta sobre el reciclaje.

Me gusta el tema, cómo no ha de gustarme, soy una mujer formada en el amor a la tierra y a la naturaleza.  Y también a la gente, que de ambas vive y por ellas sobrevive como especie en el planeta.

Pero curiosamente, cuando leí eso de reciclar, reciclar, enseguida pensé en otro reciclaje, algo diferente al de los materiales ferrosos y no ferrosos.

La vida es un constante reciclaje.  Cuando una tiene la edad que yo tengo, algo más de los 70, el proceso de reciclaje es un constante.  Algunas cosas pasan y vuelven a pasar, sorprenden de nuevo al cabo de los años, y a veces cuando una menos lo espera. Y se piensa que la experiencia vivida lo pone a buen resguardo de la repetición de sucesos que nunca quisiera repetir.

Pues sí, la vida recicla y recicla…a veces para bien y otras no tanto.

Les cuento que hace una buena docena de años, estaba yo trabajando por la provincia de Matanzas.  Durante el día recorría los campos para hacer mi trabajo, por las noches regresaba a un hotel a dormir, y así por varios días.

El detalle es que ese hotel estaba en Varadero, la hermosa playa cubana.  En aquel entonces los que íbamos a las provincias a trabajar nos hospedábamos en donde encontráramos acomodo, a veces hoteles de buen ver, otras, las más, pues en donde se pudiera.

Vuelvo a aquel momento.  Una de las tardes regreso a media tarde y aprovecho para bañarme y nadar un rato en la playa, que bien vale la pena.  Luego bajo al comedor del hotel, desierto a esa hora, nadie más que otro ser humano y yo coincidimos  en la idea de comer tan temprano.

Bueno, pues aquel señor en su mesa y yo en la mía, esperando el servicio, aburridos e incómodos, supongo yo, no que él me lo dijera.  Me impaciento y acciono decididamente, me levanto de mi silla y voy hacia donde el señor de buen semblante y aspecto de persona decente se aburre como yo.  Le digo que si no es incómodo eso de estar comiendo solo y que si no le molesta que compartamos la mesa.

Gentilmente se levanta y acomoda una silla para que yo me siente en su mesa. De ahí en adelante arrancamos una conversación larguísima mientras llegan las merluzas fritas que pareciera las habían ido a pescar para cocinarlas.

De fondo a la conversación se escucha una música instrumental bastante soportable, dulzona y melódica, que se difunde por todo el hotel.  Vaya, música de fondo, un detalle.  Comento que es agradable la música y él me pregunta, gentil, que si me gusta…Yo, encantada, un tema nuevo para seguir hablando.

Y arranco a exponer con lujo de detalles, algunos reales y otros medio exagerados, toda la cultura musical en mi poder desde que encontré y compré un libro editado por el Instituto del Libro en la Habana en 1970. “Cómo escuchar la música,” de Aaron Copland.

Fuera de esa lectura, muy buena por cierto, mi cultura musical venía de la pura trova de mi pueblo, retretas en el parque y conciertos ocasionales de música  llamada “culta,” escuchada de vez en vez en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán, cercano al lugar donde vivo en la capital hace ya bastante tanto tiempo.

Atrevida que soy, con ese bagaje tan escuálido tenía yo fascinado a aquel señor correcto, con cara de persona decente y que me escuchaba encantado mientras yo discursaba sobre Tchaikovski, mi favorito, de Chopin, Mozart, Beethoven, Verdi, Schubert…y todos los genios musicales que en el mundo han sido y yo recordaba.

Llegó la merluza frita, tomamos par de cervezas y un postre, y llegó la hora de la despedida.

Yo le digo mi nombre y le cuento algo de lo que hago, mi profesión, ocupación, etc…lo usual.  Y encantada de conocerlo.

Él me dice que igualmente y que a lo mejor alguna vez nos volvemos a encontrar porque resulta que él es músico y precisamente trabaja como ¡director de la Orquesta Sinfónica Nacional!…

Si alguna vez ustedes, mis lectores, han sentido deseos de que la tierra se los trague, comprenderán cómo me sentí yo en ese momento.

¡Y eso que no les he dicho el nombre del personaje!…si se los digo, se ríen un buen rato de mí.

Y no se los diré porque lo que yo deseaba en ese instante es que nunca, nunca más en mi vida se reciclara un suceso como aquel…

Pero sí, la vida recicla…y la semana próxima les cuento, a ustedes y a Irina, el reciclaje de este suceso que les acabo de contar. .

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Una respuesta a “Reciclaje en proceso”

  1. NegraCubana dice:

    Hola Mavita, de vuelta por aca?
    Mis saludos
    Tu negra

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