Carta a un joven que se va de Cuba
julio 27, 2012 |
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HAVANA TIMES — Esta carta abierta de Rafael Hernandez, director de la revista Temas, fue publicado originalmente por el sitio Lajovencuba. Esta siendo republicado por la revista Envío con sede en Nicaragua y que por más que tres décadas aborda noticias y temas de análisis de Centro America y mas allá. Envío nos ha dado permiso de hacer la publicación en HT en inglés y español.
By RAFAEL HERNÁNDEZ

Foto: Caridad
Escrita en mayo de 2012 y encabezada por este texto de San Pablo:“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza… Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”, esta carta refleja algo del cambio generacional que se vive en Cuba y algo del nuevo lenguaje político que en la isla busca explicarlo. -San Pablo, Epístola 1ª a Timoteo, cap 4, vers. 12, 16.
Seguro no recuerdas la caída del muro de Berlín, pues quizás naciste en ese mismo año o cuando más terminabas la primaria. Para ti y tus amigos, la muerte del Che es un acontecimiento tan remoto como lo era la Revolución rusa para los que nos fuimos a alfabetizar en 1961. Tan remoto como el siglo pasado.
Aunque celebraste el nacimiento del nuevo milenio, te sientes más del siglo 21 que del 20. Si alguien te dijera que eres un cubano de transición, lo mirarías con extrañeza. (Te comento que esa frase despedía cierto resplandor en los años 60; ahora no tanto). En cambio, si alguien te preguntara si eres un ciudadano del periodo especial, quizás te encogerías de hombros o le harías un comentario mordaz, pero en el fondo estarías más de acuerdo.
La mayor parte de tu infancia y adolescencia han coincidido con ese periodo especial, que a diferencia de los viejos, a ti no te ha tocado vivir como malos tiempos o incluso como derrumbe de ilusiones, sino como único horizonte de vida.
Cuando llegaste, todo estaba hecho
En estos 22 años, que vienen siendo como una generación y media, según los expertos, no has recolectado epopeyas como Playa Girón o la Crisis de Octubre, ni siquiera la guerra de Angola. Sientes que la mayor diferencia con los viejos, sin embargo, no ha sido la falta de aquellas gestas, sino de aquellos sueños. Esa épica revolucionaria se aleja más de ti mientras más la televisión vacía sus imágenes repetidas en la pantalla. Las has visto tantas veces que no te dicen nada.

Foto: Caridad
Pero no es tanto eso lo que te falta, sino los proyectos que otros antes de ti pudieron hacerse. Cuando llegaste, todo estaba hecho, armado, por los que habían demolido lo viejo (lo que para ellos era “el pasado”) y construido y reglamentado el orden nuevo. Tú, que no llegaste a tiempo para aquellas edificaciones, piensas que aquel país inventado por otros (para ti, “el pasado”) ya no existe, y solo sobrevive un orden viejo, más bien irremediable.
Lo peor, sin embargo, no es haber nacido en un orden preestablecido, porque eso le pasa a todo el mundo, sino tus inciertas posibilidades de cambiarlo. En todo caso, no quieres invertir tu vida intentándolo, porque no tienes otra vida que ésta; y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear irte de vacaciones a alguna parte una vez al año, aunque tengas que quitarte de otras cosas. Piensas que la única manera de asegurarte esa vida es saltar por encima de este horizonte y buscar otros.
No quiero disuadirte
No sé cuándo lo decidiste -y quizás una parte de ti todavía duda. Puede ser que se te haya ocurrido la primera vez cuando supiste que un amigo tuyo ya no estaba aquí; cuando en un encuentro con viejos compañeros de clase, se pusieron a inventariar al grupo, y ahí se dieron cuenta de que muchos se habían ido. O porque a tu pareja se le ha metido en la cabeza y no para de hablar de eso el santo día. O porque esa misma pareja se ha hecho ciudadana española, y con ese pasaporte ya pueden irse a vivir a Europa o a cualquier país, hasta a los mismos Estados Unidos. O porque tus parientes en Miami, Madrid o Toronto pueden darte una mano. O porque simplemente necesitas respirar otro aire.
Esta carta parte de creer que piensas con tu propia cabeza. Mi intención no es disuadirte, ni hacerte advertencias, ni mucho menos endilgarte un discurso patriótico. No pretendo hablarte como tu padre, consejero o guía espiritual; ni como mensajero de una fe religiosa, verdad revelada, voz de la experiencia o autoridad de maestro.
Te invito a pensar entre los dos tus razones, pero sobre todo el contexto y significado de tu decisión de irte del país. A poner en situación tus argumentos, para sacar algo en limpio que, tal vez, pueda servirte. No creas que lo hago solo por ti. Tengo mis propios motivos, porque tu decisión de partir nos implica a todos, y sobre todo a los que no hemos pensado nunca en irnos.
Eres una criatura del socialiasmo
Te propongo primero que miremos juntos lo que tenemos alrededor. Oyes decir que los jóvenes no tienen valores, reniegan del socialismo, se quieren ir del país y no les interesa la política. Quizás los que así piensan identifican valores con sus valores, la política con movilizaciones y discursos, la defensa del socialismo con determinados mandamientos, entre otros, que este sistema es solo para los revolucionarios comprometidos, que un ciudadano cubano solo lo es mientras resida en la tierra donde nació, o que disponer de otro documento de viaje equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera.
Te advierto que los que así razonan no son nada más “algunos funcionarios”, sino muchas otras buenas personas, íntegros ciudadanos, para quienes defender la patria no es una declaración. De hecho, cuando éstos hablan de defender las conquistas sociales de la Revolución, la mayoría piensa en educación y salud gratuitas, y -si esa es la medida de la Revolución y el socialismo en el plano social-, es lógico que muchos digan que tú deberías pagarlas, si te quieres mudar a otra parte “donde no vas a defenderlas”. En cambio, tú crees que esos derechos los conquistó la Revolución para todos, y por eso mismo son tuyos, sin más condiciones que haber nacido en esta isla.
Has escuchado que, según la Constitución, los derechos básicos de un cubano están más allá de su manera de pensar; y que la justicia social y la igualdad son precisamente eso: principios y valores que hay que ejercer de verdad, sin sujetarlos a clase, raza, género, orientación sexual, religión o ideología, porque representan la conquista más importante de todas, la de la dignidad plena de la persona. Bueno, si tú estás de acuerdo con eso, quizás te sorprenda escuchar que eres una criatura del socialismo. Si te importan el bienestar de toda la sociedad, la democracia de los ciudadanos, la libertad (incluida la de todos los que te rodean) y la independencia nacional, te advierto que eres un ser más polítizado que muchos habitantes del planeta, incluidos probablemente la mayoría de ese país para donde vas.
No eres un cero a la izquierda
También tú tienes, como esos otros buenos ciudadanos que acabo de mencionar, tus propias verdades asumidas, que compartes con tus amigos, y que ustedes tampoco ponen nunca en tela de juicio. Por ejemplo, piensan que son un cero a la izquierda, y que nada pasa por ustedes. Sin embargo, te comento que este sistema nuestro te consulta y te pide que te movilices, porque tu movilización y tus opiniones le son necesarias para que la mayoría de las políticas funcionen-aunque ni tú ni muchos burócratas lo entiendan así.
En efecto, aunque ellos sigan pensando que lo decisivo es aceitar la cadena de mando y cumplir el plan, y tú creas que eres una nulidad en el sistema, cuando pides la palabra para criticar los Lineamientos, reclamas tus derechos en cualquier parte, protestas ante desigualdades y privilegios, aplaudes una crítica dicha sin pelos en la lengua, pides que las políticas no solo se enuncien sino tengan resultados, incluso cuando acudes a la Plaza refunfuñando, para hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger, estás contribuyendo activamente a la política, y a mantener vivo un tejido
sin el cual este sistema languidecería, y que los sociólogos llaman consenso.
Por cierto, ese tejido es lo que sostiene también al capitalismo. La diferencia consiste en que el capitalismo requiere de que participes activamente. Basta con que no intentes subvertirlo, tengas la sensación de estar informado y puedas decidir quién gobierna, yendo a votar (o no) cada cierto tiempo.
Naturalmente que allá puedes expresar muchas opiniones y escuchar otras miles, elegir entre varios candidatos, enterarte de quiénes son y cómo piensan, sus planes y propuestas para los grandes problemas del país, e ir a votar (si eres ciudadano) por el que te parezca.
Estás cansado de oir esos argumentos
Quizás te hayas preguntado a veces por qué este sistema nuestro, que tiene sus elecciones, no puede darle a la gente que piensa como tú la posibilidad de expresar sus opiniones políticas en la televisión, proponer tantos candidatos como quiera (no sólo abajo, sino a todos los niveles), escucharlos, hacerles preguntas y saber lo que tienen en la cabeza, antes de votar por ellos y sus propuestas.
Siempre has oído que la confrontación política en la televisión, una lista abierta de candidatos y el debate entre ellos no es otra cosa que la politiquería del capitalismo. Que si abrimos ese espacio, los americanos, la mafia de Miami y los disidentes se van a aprovechar para usar sus dineros y confundir al pueblo. Y al enemigo “no se le puede dar ni tantico así”. Etcétera.
También debes haber oído, sin embargo, que nosotros mismos podemos acabar con esto que tenemos más probablemente que ese enemigo. Y que ese enemigo y sus planes no pueden ser la causa de que dejemos de hablar de nuestros problemas, porque al final, la verdad se impone. Lo has oído, en la voz de los principales dirigentes, una y otra vez, pero es como si nada, los argumentos de siempre siguen ahí.
Estás cansado de escuchar anuncios de cambios que no acaban de llegar, y que no dependen de “factores objetivos”, sino de una “vieja mentalidad” que sigue sujetando las riendas.
¿Has leído al ché?
Por cierto, ahorita que mencioné una frase suya, me pregunto si alguna vez has leído al Che Guevara. Hasta no hace mucho saludabas todas las mañanas recordando su nombre. Me figuro que lo admiras como protagonista de mil hazañas de guerra, y sobre todo, por haber sido capaz de morir por sus ideas.
Te es familiar el guerrillero heroico, pero lo que sabes del pensador político del socialismo es apenas unas frases sacadas de contexto en vallas y muros despintados, y ciertos lugares comunes, como el tema del “hombre nuevo” y los “estímulos morales versus materiales”. ¿Por qué será que nunca te hicieron leer en clase “El socialismo y el hombre en Cuba”?
El Che no creía en la infalibilidad del gobierno o de lo que él llamaba la vanguardia. Decía: “El Estado se equivoca a veces. Cuando una de estas equivocaciones se produce, se nota una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a cantidades insignificantes. Es el instante de rectificar”.
También advertía que la participación ciudadana era esencial: “El hombre en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo. A pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor. Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva en
Es bajísima la participación de jóvenes electos
Tú también piensas que la participación no puede ser solo cosa de marchas, actos y reuniones, donde tu presencia no cambia nada ni incide “en los mecanismos de dirección”, sino por el contrario, se diluye en “cumplimiento de metas” y otras formalidades. Sientes que en esa participación falta compromiso, sinceridad, espontaneidad.
Si te piden que pongas un ejemplo de formalismo, tal vez menciones a las organizaciones juveniles y los medios de comunicación, cuyo estilo y retórica te hacen “desconectar” a ti y a tus amigos; o los CDR y la FMC, donde tampoco te sientes participante de nada sustancial.
No sé si sabes que, en un país donde puedes votar y ser elegido para cargos en el Poder Popular desde los 16 años, la presencia de jóvenes delegados en municipios y provincias ha ido bajando, desde 22% (1987) hasta 16% (2008).
En la Asamblea Nacional, esa presencia promedio cayó al 4% en los años 90; y aunque creció en las últimas elecciones, sigue siendo inferior a 9% de los diputados. Como habrás oído, el porciento de viejos en el país ha aumentado y hoy es el más alto que hayamos tenido nunca (17.73%); mientras el de niños y jóvenes ha disminuido.
Sin embargo, los de tu edad, 16-34 años, son todavía el 31.41% de toda la población que puede participar en el sistema político, muy por encima de los mayores de 60, que son solo el 21.6% de los que tienen ese derecho. Obviamente, la presencia de jóvenes en cargos elegidos por voto está muy por debajo de su peso en la población adulta.
Sea cual sea la causa de ese bajísimo perfil, está claro que mientras más jóvenes como tú salgan del país, menos será su presencia en cargos políticos. Y si resides afuera no vas a poder votar ni mucho menos ocupar ninguna responsabilidad. Como ves, tu decisión de irte tiene hondas implicaciones también para los que nos quedamos.
Se van de todos los países
Esto de irse del país no es nada nuevo, claro. Desde antes del 59, cada vez más gente se iba, sobre todo al Norte. De hecho, ya íbamos en camino de alcanzar una cifra como la de hoy, con más de un millón de nacidos aquí en el exterior. Cientos de miles, incluida la clase alta y muchos profesionales, se fueron en los 60. Cuando el Mariel (1980) y los balseros (1994), partieron otras decenas de miles, entre ellos muchos que no trabajaban, administrativos y obreros. En esas oleadas de los últimos treinta años, no había tantos jóvenes, profesionales y mujeres como ahora.
Algunos te dirán, sin embargo, que de otros países -México, Centroamérica, el Caribe, para hablar solo de los vecinos- se va más gente que de esta isla y no pasa nada. Que hay más dominicanos, jamaicanos y guatemaltecos tratando de llegar a Estados Unidos o adonde sea, que cubanos. Y que en definitiva, las remesas de los que se han ido mantienen a flote la economía de sus parientes y de su país.
¿Por qué tanto trauma con el caso de Cuba, si eso le pasa a otros muchos? ¿No habría que empezar a pensar que somos otra isla del Caribe, en vez de asumirnos como los raros y de vivir esta experiencia tan normal como una tragedia nacional?
Tú sabes lo que pasa fuera de cuba
Otros consideran, en cambio, que somos un caso diferente, porque aquí la gente sale por razones políticas, no económicas. Algunos incluso nos miran como una isla rodeada de caña de azúcar por todas partes, donde nadie sabe lo que pasa afuera. Pero seguro tú sí te has enterado de lo que se dice sobre Cuba y los cubanos en el mundo.
Aunque no tienes Internet en tu casa, conseguiste un buzón de correo electrónico, oyes la BBC o Radio Caracol o Radio Exterior de España u otra de las muchas estaciones en español que se cogen desde cualquier radio.
Es probable que hables con alguno de los millones de turistas que caminan por nuestras calles; que tengas un primo en Hialeah o Alicante o un amigo que viaja porque es médico, académico, músico o funcionario. Por alguna de estas vías, o por discursos que escuchas aquí mismo, habrás notado que se ha puesto de moda hablar del éxodo y de la diáspora cubanos.
¿Te has fijado que nadie se refiere a los japoneses en Sao Paulo, los turcos en Alemania o los gallegos en toda América Latina desde que llegó Colón como un éxodo o una diáspora, y son muchísimos más que nosotros en cualquier parte? ¿Por qué será? Estas palabras resonantes vienen de la Biblia, donde se usan para describir el éxodo desde Egipto a “la tierra prometida” del pueblo de Israel; y su posterior dispersión por el mundo.
Tú serás uno más de la diáspora
¿Acaso seremos los judíos de estos tiempos? ¿Otro “pueblo elegido”, que paga la culpa por sus pecados? ¿Debería tocarle entonces a la iglesia, vicaria de Dios y ajena a los éxodos, la misión de reconciliarnos? Como ves, el lenguaje no es totalmente inocente. En todo caso, esa afición a creernos excepcionales y esa marea de palabras no nos ayudan mucho a ganar claridad sobre lo que somos y nos está pasando realmente.
A fin de cuentas, dentro de poco, tú también serás “un cubano de la diáspora”, lo que siempre será mejor, por cierto, que si te llamaran “exiliado”. Cuando llegues allá, verás con tus propios ojos que algunos se fueron a la diáspora y han terminado en el exilio. Las causas de esa enemistad radican allá y aquí. En ciertos países, la industria del anticastrismo, con ramificaciones en muchos sectores, ha creado un mercado laboral, donde es posible conseguir un cierto empleo o modo de vida, si uno se radicaliza en contra.
Tu decisión personal tiene un significado mayor
Como podrás comprobar, al revés que aquí, lo políticamente correcto allá es hablar mal de todo lo que pasa aquí, y esa norma, en ciertos lugares, puede ser muy estricta, ya lo verás. Otros, en cambio, se han puesto así porque del lado de acá les han hecho pagar costos elevados, no sólo en dinero. Se han sentido castigados, sujetos de prohibiciones y separaciones, obligados a pagar una multa personal que les resulta injusta y onerosa, solo por haber decidido probar fortuna en otra parte.
No importa que se haya reconocido oficialmente el origen económico y familiar de la emigración, se sigue cultivando insensiblemente entre muchos de los que parten un encono, cuyo costo rebasa todas las recaudaciones y contabilidades de corto plazo, porque deja una huella indeleble en las personas, y por lo mismo, en el cuerpo real de la nación. El precio de esa enemistad, naturalmente, es inestimable.
Como ves, aunque tu decisión personal parece sólo eso, tiene un significado social y político mayor. Te reitero que nada de lo comentado hasta aquí intenta cambiar tus planes. Estoy seguro de que si te quieres ir, no hay papeleo, ni trabas, ni condicionamientos familiares, ni tarifas, ni medidas punitivas que te detengan. Eso lo saben bien aquellos cuyos hijos se han ido, experiencia que incluye a todos los grupos y jerarquías.
Si fueras artista o escritor
Algunos parecen olvidar, sin embargo, que sobre este tema de la política migratoria ha habido experiencias provechosas, que deberían tener un efecto demostrativo. Por ejemplo, en el sector de la cultura. Justamente, si fueras artista o escritor, no tendrías el dilema de quedarte aquí para siempre o de irte para siempre.
Podrías decidir trabajar afuera durante años, y finalmente regresar a tu lugar, para salir cada vez que quieras, como han hecho muchos. O seguir allá, mantenerte en contacto y colaborar con proyectos aquí, retornar una y otra vez, como hacen otros. Lo cierto es que la mayoría de nuestros artistas y escritores no se ha ido del país de modo definitivo. Si se tratara solo de términos “estrictamente económicos”, está claro que, para los intereses del país, su valor como capital humano es muchas veces superior a las gabelas migratorias. Esa política alternativa ha dado frutos no sólo para ellos, sino para todos nosotros.
Viajar te educará
No me vuelvas a decir entonces que la política no te interesa, porque la verdad es que todo esto te importa mucho, igual que a la mayoría de los jóvenes como tú, que viven afuera, pendientes de lo que pasa aquí.
Si te preguntaran por tus sentimientos como cubano, quizás digas que estás orgulloso de que seamos así como somos, de nuestra herencia cultural, tradiciones, luchas por la independencia, creencias, valores, patriotismo. Ya ves que tu “apoliticismo” es muy dudoso, digan lo que digan o lo que pienses de ti mismo.
Ahora bien, probablemente sí te va convenir mucho conectarte en directo con las realidades del mundo, y aprenderlas por ti mismo, cosa difícilmente alcanzable solo con Internet, la antena o el mp3. Salir de Cuba, además de probar fortuna, te da el chance de crecer por ese lado.
Nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros, para darse cuenta de dónde uno está. Si hubieras tenido la oportunidad de viajar y regresar, una y otra vez, el contexto en el que tomarías tu decisión ahora sería diferente.
Seguimos contando contigo
Quiero terminar esta carta, naturalmente, con una despedida. No queremos que te vayas. Pero si ya lo decidiste, ninguna talanquera burocrática te lo impedirá, y lo que más cuenta ahora es que no te vayas para siempre. Queremos que no partas del todo, y para asegurarlo, lo primero es poner un calzo para que la puerta siga abierta.
Donde quiera que estés, piénsate uno de nosotros, y que perteneces aquí, pase lo que pase. No rompas ni nos dés la espalda ni te dejes provocar por nadie, de allá o de aquí, que pueda convertirte en un enemigo. Levántate cada día recordando esta nave donde seguimos remando, que sólo se mueve si todos la empujamos. También tú puedes remar desde allá, para que siga a flote y se encamine a buen puerto.
No dejes que te entre el bicho de la soledad o la nostalgia, que no sirve para nada; ni te resignes a la idea de que estás lejos; ni dejes de estar pendiente de todo lo que nos pasa. Nosotros seguimos contando contigo.
Te esperamos siempre, como al que vuelve de un viaje. Lleva con orgullo que eres un ciudadano de este país, porque la cubanía no es un documento de viaje, ni la patria un pedazo de tela. Habrá quienes te digan que somos una isla virtual o imaginada, un territorio diaspórico y otras metáforas. Tú y nosotros sabemos que Cuba es el espacio real donde compartimos cosas tangibles como riesgos y resultados, costos y aspiraciones, entre todos. Así debe ser y así será si nos lo proponemos duro. Buena suerte y hasta pronto.


Estimado Rafael :
Permítame presentarme, me llamo Maykel y mi nombre es de ortografía extraña. Mi nombre y mis apellidos me siguen donde quiera. Mi nombre es mi pasaporte. A donde quiera que me dirija, ese nombre de ortografía extraña me seguirá. Él nació en Cuba, y como yo, se fue.
Tengo 28 años. Salí de Cuba con 19 y sin pensármelo. Nunca soñé con otros mares pero sí con otra Cuba. Con 19 años mi léxico cubano era demasiado pobre. No conocía la palabra disidente, pero sí la palabra «contrarrevolucionario». Estudiaba en primer año de la Facultad de Lenguas Extranjeras. Conocí una pareja de extranjeros europeos a quienes les hice el favor de alojar en mi casa los últimos días porque sus tarjetas bancarias estaban bloqueadas. Le recuerdo algo, hace 10 años no podía caminar en compañía de un extranjero por las calles de La Habana, dos era el colmos. Quedarse en mi casa fue sobornar a todo tipo de persona para que no denunciaran ante la compañera cederista, y esta no informara a las autoridades de migración. La multa iba a ser muy elevada. Nadie me explicó en 18 años por qué no podía caminar con extranjeros en «Mi» ciudad y menos aún, por qué debía pagar una multa por ofrecer humildemente mi cama. Me reservo la humillación que me hizo pasar un agente de seguridad de un hotel cuando para agradecerme, estos «extranjeros» me invitaron un trago de despedida en el único lugar que había luz cerca de casa. Sin rodeos, me fui. Los exranjeros no me pagaron el trago esa noche pero sí todo el trámite que vino después, que , por el detalle de no dejarme entrar en aquel hotel, permitió que ellos me abrieran las puertas de su casa, 1 año más tarde, a 12 mil kilómetros de donde nacía el edificio. Yo no pude entrar a aquel hotel estando a pocos metros de la puerta de mi casa. Me fui sin preguntarme nada, sin cuestinar nada. Con ganas de conocer. Y con ganas de regresar. Me fui con pasaje de ida, y de vuelta.
Seré breve. Con mi partida entraron las prórrogas, el costísimo pasaporte, la segregación aeropuertuaria (« cubano?, por aquí), la tristeza de darme cuenta de que en el país en el que viví 18 años de mi vida bajo un régimen en el cual creía, me había mentido. Mi léxico creció (incluso, en otros idiomas), «contrarrevolucionario» ya no era quien contestaba el sistema, el «contrarrevolucionario» era la cederista chismosa y el agente de migración que me pedía los 50 dólares por pasarme las maletas sin pagar en la aduana un centavo. Le digo algo más, ese sistema de educación del que usted habla me hizo sentir analfabeto la primera vez que me senté en una clase de la universidad pública en la que estudio (en este país todas las universidades son públicas y subsididas por el gobierno. Estudiar no es cosa de ricos, es cuestion de querer hacerlo). Recuerdo que cuando estudiaba en La Habana me hablaban de esos niños del imperio que tenían todo a su alcance, que no estudiaban porque bajaban todo de ese diablo llamado «Internet» (los tiempos cambian, a pesar del inmobilismo y rigidez de su discurso, veo que tiene otra imagen de la web) He seguido clases de derecho sin saber lo que es una asamblea, un parlamento, debiendo revisar todo tipo de conceptos porque nunca me los explicaron, porque no me dijeron como funcionaban. Porque no querian que supiera. Mis primeras clases de Filosofía fueron un horror, para mi aquello era chino. Conceptos, nombres, conocimientos que se enseñan por estos lares, en la escuela secundaria. Economía, no le digo. Me di cuenta que la educación que me ofrecieron no correspondía a la educacion que ofrecen en otros países, gratis hasta los 18 años y de universidades a precios accecibles. La gratuidad del sistema cubano no solamente ha envejecido, sino que, además de enseñarnos a leer y a escribir (y manejar algunos temas como el Marxismo-leninismo, que de hecho, nunca me dijeron que Marx al final de su vida tenía otra visión de su Manifiesto y que Lenin también pensaba de otra manera, al final de la suya, sin contar los horrores cometidos por Stalin) no nos preparan para vivir en un mundo moderno del cual Cuba se desconectó hace más de 50 años en detrimento de su pueblo. Y no me hable del embargo, que lo mismo pasaron los chinos, los vietnamitas y están más lejos que nosotros los cubanos, los mismos que un día acogieron a ese pueblo que sufría lo que hoy nos toca sufrir.
La salud, se lo resumo en breve, donde vivo, es casi gratis. La gente vota por gobiernos que mantengan vivo un sistema social, de los más justos que naciera después de la Segunda Guerra Mundial. No daré cifras, porque al final lo que se pagó por la operación de mi madre en La Habana supera lo que ha pagado mi cónyugue por operarse una hernia discal aquí. Con baños limpios, doctores sin fatiga y que no tienen que vender pan con pasta para sobrevivir, pero que además, pueden radicarse donde les dé la gana.
No me hable de épocas y de fechas que no conozco. No me hable de logros que nunca ví. No me hable de una Cuba que para mi nunca existió, que no me interesa. No me interesa Angola, me interesa Cuba. No me interesa la generación de cubanos de los 60 sino la de los 80. Su generación luchó contra los males de su época, yo lucharé contra los males de la mía. Mi estancia en el extranjero, siendo emigrante, me ha demostrado que he ganado 50 años de adelanto con respecto a los compatriotas de la isla, y no le hablo de lo material, porque como bien le ha dicho alguien en otra carta, soy de izquierda, altermundialista y estoy contra el exceso y las injusticias que existen en muchos sistemas, que están lejos de ser perfectos. Pero funcionan. Soy emigrante, voy a la Universidad y pago como un local, tengo derecho a la seguridad social, pagando casi nada, y voto, soy emigrante y voto en las elecciones municipales. Sin ser ciudadano, solo residente.
Me llamo Maykel, ese nombre me seguirá donde sea. No soy parte de un país, no, soy parte de una Nación que anda regada por todos lados. Salí, como muchos, con un pasaje de regreso…pero regresaré solo el día en que la Cuba que usted me pinta, exista de veras. Hoy nos llaman de regreso, ayer los que se iban, también eran jóvenes, y los llamaban escorias, gusanos. Me fui y no pretendo regresar. En el imperio que tanto me prohibieron es donde me siento más cubano. Si no estoy, no es mi culpa, es la de ellos. Y aunque no lleve una boina, no diga nunca más “hasta la victoria siempre!”, no seré menos cubano. Defenderé el sistema donde vivo actualmente, porque me representa. Porque el acceso a la salud y a la educación es accesible a todos. Porque si trabajo, viajo. Porque voto, porque no hay doble moneda y porque a los indignados no les llaman amigos del imperio. Porque mi profesores me enseña Marx y me habla de Washington. No porque sea más feliz, pero si más ciudadano.
No he perdido el tiempo. Cuanto me alegro de que me esté escribiendo esto, es seña de que al final nos damos cuenta de que algo no funciona, aunque no lo admitan.
Maykel Rodriguez
Bruselas, agosto del 2012
Hola Maykel:
Si no te interesa Cuba y no quieres regresar o aportar, ¿para que dedicas tiempo en responder la carta y para qué quieres que salga en el Granma?. Puedes engañarte lo que quieras, pero no tomes por tontos a los demás.
Aquí mi respuesta, publicada en otro Blog. Si nos escriben, que nos escuchen. Me gustaría muchísimo que mi carta fuera publicada en el periódico Granma, o cuando menos, en Cubadebate. No se atreverían.
Saludos!