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Mavis Alvarez: Soy palmera, santiaguera y oriental. Palma Soriano es mi pueblo natal, Santiago de Cuba, la provincia y Oriente se llamaba, antes de 1976, esa parte del este cubano. La gente de mi pueblo, en la época que yo nací, éramos medio urbanos y medio rurales, ni pueblerinos ni guajiros, ambas cosas. Y parece que hay una determinación genética en esa circunstancia, porque a la hora de decidir qué hacer con mi vida, estudié agronomía y cuando terminé los estudios, tampoco se me ocurrió otra cosa que trabajar con los campesinos. Y es lo que hice el resto de mi vida, hasta la jubilación. De vez en vez, escribo relatos con mis recuerdos, estudio lo que me interesa y vivo tranquila en un caserón del Vedado con mi perrita Tuka (que casi es tan vieja como yo). Tengo un solo hijo, que a su vez tuvo cuatro, me ha provisto de dos nietos, dos nietas y una bisnieta. No creo que haya salido mal el saldo, he sembrado árboles, escrito libros y parido un hijo.

Una señora mayor en las calles habaneras

julio 1, 2010 | | |

Mavis Alvarez

Havana park. Foto: Caridad

O las cosas marchan demasiado aprisa alrededor o yo voy tan lenta que no les sigo el paso.  En los últimos meses estuve poco en la capital, andaba y desandaba los caminos de tierra adentro, observando y hablando con mujeres y hombres forestales.

¿De qué hablábamos y qué buscaba?

Pues precisamente, a esas mujeres y hombres que trabajan juntos, que son iguales y diferentes y poco a poco tienen algo más de la cuarta parte de la superficie agrícola de este país cubierta de bosques.

Lo que inspira curiosidad es que se conoce poco de esas mujeres, están ahí, pero como invisibles, se habla de lo que hacen juntos, pero no lo que hacen ellas en esa unidad de “juntos pero no revueltos,” de iguales, pero diferentes. En fin, ese no es el tema hoy, ya veremos luego si volvemos por ahí.

Lo que quiero contar es mi reencuentro con las calles habaneras después de meses de bosques y carreteras.  Estoy algo preocupada, tengo que apurarme un poco más, si no, dentro de poco no voy a entender nada de lo que la gente habla en la calle.  Y no cualquier gente, sino mi gente, las señoras y señores mayores.

A los jóvenes, no, a esos hace mucho, pero mucho tiempo que no les entiendo nada, me dejaron botada como dicen ellos.  Y no digo el habla popular común y corriente, no es eso de aseres, ambias, tembas, puros, y otras por el estilo que se pueden considerar ya clásicas en la lengua callejera cubana, y hasta en la culta, si no me equivoco y la ilustrísima Academia de la Lengua ya las reconoce como cubanismos.

Tampoco me refiero a las tías y tíos, palabrita de albergue juvenil o importado de la península ibérica, copias modernas y adaptadas al cariñoso criollo, acepción antigua de parentesco que ahora pasa por el vulgarismo del cubaneo donde todos y todas tengamos o no sobrinos, somos nominados tías y tíos. Dejo ese punto y vuelvo a lo mío.

Les cuento que tengo una vieja amiga, tan vieja que ya celebró los 90 vividos. Es una adulta mayor, no gusta eso de vieja, lo floreamos con lo de tercera edad que no es más que la antesala de Adios Lola, aunque la expectativa de vida siga subiendo y puede que hasta los 120.

Pues esta vieja amiga vieja la conocí hace más de veinte años trabajando como asistente de limpieza en un hospital de maternidad cercano a mí casa.

Es buena persona esta señora, y hace tiempo no la veía.  Bien es verdad que ya frecuento menos las consultas de gineco obstetricia y ya supondrán por qué, no voy a entrar en explicaciones naturales.

El caso es que caminando por las calles aledañas al hospital la encuentro en la puerta de entrada y salida del parqueo trasero, vestida de uniforme completo, símbolos de autoridad e insignias del respetable Cuerpo de Vigilancia y Protección del susodicho centro asistencial.

¡Todavía trabajando!

Limpiecita, planchadita, pulcra, peinada y recogida su melena blanquísima.

Y hasta corbata trae bien en su lugar en el centro del cuello de la camisa.…

Me asombro al reconocerla y ella a mí también.

Le hago una pregunta tonta, porque la respuesta es obvia.  “Pero mi amiga, todavía tu trabajas.”

“Claro, me contesta, claro que sí….”

Y se sonríe, sus ojitos blancuzcos de tanto uso semicerrados y una pícara sonrisa quinceañera navegando sus arrugas de mujer linda que fue y todavía es.

“Claro, me repite…y seguiré hasta que acabe de pagar el “frío.”

Mi asombro aumenta, en este país se paga la electricidad, cara si te excedes en el consumo normal, el agua casi la regalan,  casi la cobran.

¡Pero el frío!… , las cuentas serían millonarias!

“Si, mi niña, el frío.   El chino nuevecito que me cambiaron por el refri destartalado y gastador que ya tenía 40 años.  Lo compré a plazos, sólo me faltan diez años para pagarlo completo.”

Y sigue riéndose a carcajadas mientras acaricia una perrita callejera que la acompaña en su guardia de nonagenaria custodia del parqueo del hospital.

¡Y ahora dígame si hay quien entienda el lenguaje posmoderno de las calles habaneras!

Dígame más, ¿conoce alguna persona más optimista que esta señora mayor?

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2 respuestas a “Una señora mayor en las calles habaneras”

  1. Diego dice:

    quisiera ser como tu amiga ! :))

  2. ¡Qué bien escribe usted! Ya comprendo que mi comentario aporta poco, pero es que me he ido quedando maravillado conforme leía, y no resisto la tentación de decirlo. Y sí, esas personas a menudo invisibles nos entregan de veras la realidad más plena y, en algunos casos, la más bella también. Buscamos la vida en los grandes titulares y la vida no está allí. Creo recordar que fue Mies van der Rohe quien dijo: “Dios está en los detalles”. ¡Gracias por su prosa!

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