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Alfredo Prieto: Nací en La Habana, un dato no muy usual por aquí en estos días. La mayor parte de mi familia emigró desde temprano a los Estados Unidos, lo cual me estimuló a estudiar un poco ese país para tratar de entenderlo. Aprendí algún inglés, que después mejoré otro poco con el contacto directo con los americanos en su propios lugares de residencia y, sobre todo, en sus universidades; luego me enteré de que a eso le llamaban "sleeping with the enemy", pero les confieso que no ví a ninguno frente a mí. No me han faltado invitaciones, pero hace ya seis años que no puedo regresar porque de allá cambiaron las señas del bulpén. He sido editor de las revistas Cuadernos de Nuestra América, Temas y Caminos. Ahora trabajo en la editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y estoy escribiendo otro libro. Soy, como mi tía, un declarado fan de los cheesecakes de fresa --y de Stevie Nicks, la ex de Fleetwood Mac. Si alguien de ustedes la conoce, please entréguenle una flor de mi parte.

Las cosas que se olvidaron

noviembre 25, 2009 | | |

Alfredo Prieto

Abajo Batista asesino.  Foto: Bill Hackwell

Abajo Batista asesino. Foto: Bill Hackwell

La violencia fue, en Cuba, un procedimiento político al que hubo que acudir para echar fuera a Batista una vez agotadas las vías legales para lograrlo.  Una rebelión armada, protagonizada por el Movimiento 26 de Julio, con su concepción de la modalidad rural (La Sierra), y por el Directorio Revolucionario, con la del Llano, quedó fijada en dos estrategias distintas pero con idénticos fines.

Ese objetivo común, más el logro de la unidad, condujo a un pacto que tuvo lugar en México entre Fidel Castro y José Antonio Echeverría, el líder de la juventud universitaria caído bravíamente después del ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.

Con el triunfo de la Revolución se reafirmaría una tradición de empatía y asistencia fuertemente presente en el imaginario de quienes habían participado en la lucha contra la tiranía, lo cual se concretaría en las expediciones para liberar mediante la vía armada al Haití de Duvalier, la Nicaragua de Somoza, y la República Dominicana de Trujillo, todas entre marzo y junio de 1959.

Las dos primeras fueron organizadas horizontalmente, cuando aún los soviéticos estaban a 9 500 kilómetros de la bahía de La Habana, como otra que llegó a Panamá en abril de ese mismo año.

Hasta donde conozco, estos acontecimientos históricos no han sido estudiados en profundidad, pero constituyen más el resultado de una cultura política actuante en esa generación que del empeño oficial, al percibirse las dictaduras regionales como capítulos específicos de un mismo libro.  Si Cuba lo había logrado, otros también podían.

Después de todo, un buen número de latinoamericanos, entre los que sobresalían los dominicanos, se habían incorporado a la lucha contra el colonialismo español en la Guerra de los Diez Años y, luego, en la del 95. Y varios no cubanos, entre ellos un argentino, un mexicano y un dominicano, habían venido como expedicionarios en el yate Granma.

Más adelante, la oposición armada al proceso revolucionario tuvo un nombre y un lugar: las bandas del macizo montañoso del Escambray, apoyadas y abastecidas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y desmanteladas por el joven Estado revolucionario en una Limpia que supuso no sólo la acción del ejército regular, sino también de la población civil agrupada en las Milicias, participantes activas en los sucesos de Playa Girón, que derrotaron a la Brigada 2506 en menos de 72 horas. Un libro del escritor Norberto Fuentes, publicado mientras vivía en Cuba, sugiere la naturaleza del problema: la violencia fue también aquí un hecho impuesto, no una elección.

Con la expulsión de la OEA y el aislamiento diplomático, el liderazgo cubano se sintió liberado y adquirió visibilidad pública la idea de convertir a los Andes en la Sierra Maestra de América Latina, que tendría numerosas expresiones durante los años sesenta, hasta que la caída del Che en Bolivia, más el ulterior triunfo de la Unidad Popular de Salvador Allende, en Chile, plantearon el problema de la vía no violenta para la toma del poder del movimiento popular y revolucionario, muy discutido entre las izquierdas de la hora.

La puerta opuesta quedaba aparentemente clausurada, pero el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua y del Movimiento de la Nueva Joya, liderado por Maurice Bishop en la islita de Granada, ambos en 1979, demostraron que la vida no es ni plana ni lineal, y da sorpresas, como en la canción de Rubén Blades.

Todo esto dejó una huella en la cultura cubana –y ciertamente no sólo en el liderazgo revolucionario, al que suele verse en el exterior como una campana de cristal por encima de las personas.

Pero la no violencia no es, en Cuba, un fenómeno nuevo: fue barajada por primera vez a la salida de los años sesenta por varias iglesias protestantes, que rompiendo con una tradición que miraba al evangelio conservador del Norte, esta vez se volvieron para sus homólogas negras norteamericanas, sobre todo las sureñas, y en particular para el pensamiento y la obra de Martin Luther King, Jr. y el movimiento de los derechos civiles.

Comenzaron a conocerlo y a estudiarlo poco a poco, celebraron jornadas teológicas conmemorativas en su nombre y lo contextualizaron en medio de una realidad cultural diferente, un dato de la mayor importancia si se considera que el calco y la copia han causado más problemas que beneficios, de los manuales de filosofía a la acción afirmativa preconizada por algunos para lidiar con el problema del racismo.

Fue un hecho recibido con cierto nivel de suspicacia, porque rompía con las maneras y los códigos, y era raro, mucho más en un contexto donde el llamado ateísmo científico estaba en  pleno apogeo.

Se inició con incomprensiones y hasta exclusiones, pero acabó logrando la presencia de Fidel en una iglesia metodista del Vedado durante la visita del reverendo Jesse Jackson a Cuba (1984), uno de los seguidores más conspicuos de King. Cuentan que un creyente exclamó: “¡Coñooo, Fidel Castro en una iglesia!”…

Lo escribo evocando a un clásico español, a propósito de una cultura de la no violencia: “vienen a ser novedades / las cosas que se olvidaron.” Una vez más, el techo de nuestra memoria histórica padece de numerosos huecos.

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2 respuestas a “Las cosas que se olvidaron”

  1. Armando dice:

    Querido Alfredo

    Me parece excelente que rescates la memoria histórica de nuestro país, lo cual articula tu post -aunque de forma diferente- a las recientes crónicas sobre las acciones en pos de este digno objetivo. Tus palabras reafirman el contenido revolucionario de la No violencia, la importancia de no olvidar la violencia contrarrevolucionaria y que, al hacerlo, no sirvan los recuerdos de coartada para impedir el debate y los cambios necesarios.

    Al fin, la falta de memoria es ante todo culpa de los que vivieron y cuentan sólo una parte del relato o lo hacen tan mal que llevan la abulia y el descrédito ( teque mediante) a los jóvenes. Son aquellos y no las nuevas generaciones, los máximas responsables de rescatar de forma TOTAL Y TRANSPARENTE la memoria de la nación. Y hacerlo llamando las cosas por su nombre, evitando que episodios de violencia indigna -UMAP, Quinquenio Gris- se repitan y tronchen un socialismo mejor como horizonte de futuro.

  2. Armando Chaguaceda dice:

    ……y ojalá contemos más con tu testimonio informado y comprometido para enmendar las posibles miradas apasionadas y monocromáticas que la juventud, enfocada sobre su angustioso presente, propicia
    abrazos

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