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Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.

Memorias de un huracán

septiembre 25, 2017 | Imprimir Imprimir

Irina Pino

Curiosos que visitan el lugar.

HAVANA TIMES – Este post puede resultar obsoleto, pero siete días sin electricidad, y fango por todas partes, son un trauma para cualquiera. Nunca imaginé que el huracán Irma iba a ser uno de los detonantes de mi prisión domiciliaria.

Con el arribo del evento gasté parte de los ahorritos que tenía en CUC, comprando enlatados y refrescos. Tuvimos que adaptarnos a pasar hambre, se debía ahorrar el agua al máximo, muchas veces comer pan con algo era la mejor opción. Esto no es nada del otro mundo, los cubanos estamos acostumbrados, desde que nacimos estamos pasando trabajo. Sin embargo, invertí horas en hervir toda el agua que pudiera acumular.

La noche en que el huracán pasó cerca de La Habana apenas dormí 3 horas antes del amanecer. Con el terrible estruendo, parecía que los cristales de las ventanas se iban a reventar. Nunca antes tuve miedo. Me puse a rezar la única oración que conozco, así que, mis “padres nuestros” se sucedían unos tras otros, después de asegurar las ventanas de la sala-comedor con tablas y palos, temiendo que el aire los rompiera.

Bajé varias veces al garaje a ver unos muebles que guardo allí, y cuando me asomé, vi por una hendija del portón, un mar inmenso y gris a punto de entrar. Cuando por fin el agua rodeó mi edificio y entró al garaje, parecía la invasión de las aguas en tiempos del Arca de Noé.

Se averió el motor del agua de nuestro edificio, porque nadie pensó que las olas tomaran un nivel tan alto. En las calles, la corriente arrastró todo lo que se interpuso a su paso, derribando muros, rejas y árboles. El mar se vengaba devolviendo toda la basura con que la gente suele contaminarlo.

Después que las aguas bajaron, quedó una devastación enorme: árboles caídos, grandes piedras en las calles donde se ubica el centro comercial La Puntilla. El túnel de 5ta Avenida se hallaba inundado por completo, la caseta de los periódicos de Kasalta fue arrastrada hasta el túnel de Línea.

Chicos del barrio y otros visitantes comenzaron a usar la “piscina” del túnel de 5ta Avenida para refrescarse, sin hacer caso a los agentes del orden, alegando que en su casa no tenían agua para bañarse. El vecindario devino en zona turística con decenas de curiosos que tomaban fotos y videos, a pesar de los desperdicios en las calles, las piedras y el lodo.

De noche nos iluminábamos con velas, como si estuviéramos en el siglo XVIII. Decidimos encenderlas solo un rato, porque se derretían enseguida por su mala calidad. De todas maneras teníamos el resplandor que nos llegaba de las plantas del centro comercial La Puntilla y del Cimex (ellos sí tenían electricidad). Así que mi hijo (de 17 años) y yo nos entreteníamos con adivinanzas; a veces, por las tardes, jugábamos a las cartas o al parchís. Quizás parezca cómico, como una regresión a la inocencia, pero de algún modo, en esos días compartimos más cosas.

Por la cercanía de mi edificio al mar mi apartamento se llenó de fango y hojas, la fuerza del aire los había metido por el balcón y las ventanas. Me era imposible gastar agua en limpiar, por lo que solo barría el piso. La ropa sucia se acumuló en las habitaciones, no se podía descargar el sanitario, solo en caso extremo. Esa sensación de suciedad  me recordó la novela Ensayo sobre la ceguera.

Mirada desde mi balcón.

En ocasiones nos estresábamos, pero nos dimos cuenta que otros estaban peor, se les inundaron las casas, vi a vecinos sacando cubos de las cisternas, y del mismo modo, limpiar las contaminadas. La mayoría de los teléfonos dejaron de funcionar –hoy domingo 24, después de tantos días, es que logro conectarme desde mi casa–. Los celulares se quedaron sin carga. Escuchaba los sucesos a través de un viejo mp4, que solo encendía para oír las noticias.

Por otro lado, leí bastante mientras duraba la claridad del día, Mi hermano Stanley, los cuentos maravillosos de Jenny Diski, una colección de poemas de Fayad Jamis, y Amores y cosas sin importancia, de Michele Voltaire Marcellin, fueron libros que me ayudaron a mantener la cabeza ocupada, a sustraerme de la problemática que regía el momento.

Cuando al fin nos pusieron la electricidad, de madrugada, en las calles se escucharon gritos lejanos, yo solo atiné a conectar el refrigerador y guardar los frascos de agua. Seguí durmiendo, sin pensar en lo que me esperaba. Dormí con placidez, y no sé por qué, tuve un sueño erótico, muy vívido, con un desconocido.

¿Acaso mi mente buscó ese espacio liberador? La respuesta es sí. La mente actúa y el inconsciente siempre nos ayuda.



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2 respuestas a “Memorias de un huracán”

  1. kamikaze dice:

    Después de la tremenda ventolera y la inundación, un sueño erótico?, una vez más me confirmas que eres “tremenda locota” ajajajaj. Saludos.

  2. cuco dice:

    que felicidad no tener que vivir un ciclon mas en cuba.

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