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Verónica Vega: Por años me fue difícil elegir entre escribir, pintar o danzar. Escribir resultó lo más rentable e inmediato. Vivo en Alamar, un proyecto de ciudad abortado, que sólo respira por lo que queda de la naturaleza, por la alternatividad cultural, y sobre todo, por la voluntad infinita del alma humana. No me considero periodista. Escribir en Havana Times ha sido sólo una oportunidad para decir lo que creo que se puede mejorar en Cuba.

Los límites de la protección

agosto 22, 2017 | Imprimir Imprimir

Verónica Vega

HAVANA TIMES  – Una de las expresiones de la crisis de valores que mina Cuba y muchos ya se toman en serio, es el número de animales callejeros y el estado en que se encuentran.

Los barrios de la periferia no escapan a esto, gallinas y pollos que intentan sobrevivir sueltos por las calles, hurgando entre tramos de césped y huyendo del acoso de los chiquillos.

Que hay un porciento de humanidad en Cuba lo demuestra cómo han logrado articularse varios proyectos de forma espontánea (no por iniciativa gubernamental), y trabajen duramente por sanear nuestra ciudad sin el imprescindible soporte de una Ley de Protección Animal, ultrasolicitada y todavía fantasmal.

Hay quienes lo hacen de forma independiente, convirtiendo sus casas en refugios donde acogen animales famélicos, enfermos, atropellados por vehículos o víctimas de maltrato. Sin donativos ni exenciones, pagando en las clínicas veterinarias igual que cualquier cliente, atienden a las criaturas como pueden y comparten su propio sustento.

Para la gente común son “locos” que se complican la vida por gusto. Para la medicina, víctimas de una disfunción psicológica: el síndrome de Noé.

Las organizaciones por los derechos animales saben que son la base misma de estos proyectos y los dotaron con una denominación digna: protectores.

En mi casa siempre hubo mascotas. Con el paso del tiempo y el deterioro social, terminamos también acogiendo más de lo razonable y haciéndonos la vida muy incómoda.

Se sabe que en el Período Especial hubo quienes cazaron gatos para comer. ¡Cuántos acogí por salvar de esos depredadores…! ¡Cuántas rencillas inútiles, con individuos sádicos! Un vecino entrenaba a su perro de pelea lanzándole pobres canes recogidos de las calles.Yo discutía con el esposo de una vecina cuando empujaba escaleras abajo a una perra embarazada.

Sí, nos tildaban de locos, atormentados por lo que no importaba a la mayoría. Para evitar un serio problema con esa vecina, mi madre terminó acogiendo también a la perra abandonado.

Cuando supe que éramos “protectores”, sentí una mezcla de alivio y contrariedad. Porque es cierto que, en la elección de asumir un problema creado por otros, la intención de proteger a las víctimas es el leitmotiv.

Pero,¿a qué costo?

Si la tenencia de animales domésticos se controlase por ley, si su abandono estuviera penalizado; si el organismo destinado a proteger la fauna honrase su función y el gobierno destinara voluntad, política y recursos a cambiar este aspecto lamentable de Cuba, la mayoría de los protectores anónimos con seguridad tendría por afición alguna mascota, pero agradecería la libertad de poder enfocarse en sus proyectos personales, derecho más que justo.

Un individuo, o muchos (que no es siquiera el caso), NO pueden reemplazar el papel del Estado.

La solución individual a asuntos que antes se solventaban oficialmente es una tendencia creciente: a falta de alumbrado eléctrico público, la gente instala bombillos de luz potente en cornisas de edificios; ante la lentitud del plan de reparación, quien puede, repara y pinta su apartamento no importa si el color desentona con el resto del inmueble. Las áreas comunes de césped se reparten y los vecinos pagan la poda por separado. Lo importante es salvar “su pedacito”.

Pero hay problemas que ni asumiendo una carga enorme (física, económica y emotiva, incluyendo el desprecio de la comunidad), pueden resolverse individualmente o con colectivos parciales.

Los protectores domésticos (sin mucho más que el deseo para, en efecto, proteger), reaccionamos a una situación de contingencia, a una alarmante disfunción nacional que se ha prolongado excesivamente.

Somos el resultado de una enfermedad social que tiene cura. Solo falta que quienes tienen la autoridad total y los recursos, decidan de una vez destinarlos a un tratamiento radical.



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2 respuestas a “Los límites de la protección”

  1. Miranda dice:

    Ay hija, la autoridad tu sabes quienes la tienen, y los recursos para que son usados.

  2. Cuántos animalitos abandonados se han salvado gracias a protectores como tú. Sigan haciendo su hermosa labor. Un abrazo ya desde Hobbs.

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