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Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

Cuba en cartas del siglo 19

abril 12, 2017 | Imprimir Imprimir

Fotoreportaje por Ariel Glaria Enríquez

HAVANA TIMES — Con la necesidad de abrazar un mundo más grande, el 31 de enero de 1851, proveniente de Nueva Orleáns, a bordo del vapor The Philadelphia, sin otra compañía que sus baúles llenos de libros, carboncillos y cartulinas de dibujante, arriba al puerto de La Habana Fredrika Bremer.

Prolífica escritora, creadora de la primera organización femenina Sueca e infatigable viajera, esta excepcional dama nórdica vive tres meses en Cuba. Tiempo que por la abundancia de detalles, anécdotas y datos referidos a las costumbres, la naturaleza, el clima, la política y la religión, recogidos en su libro Cartas desde Cuba parecen más la intensa experiencia de años.

La singular percepción que nos ofrece del mar antes de pisar tierra cubana nos seduce desde su carta inicial: “Si quieres comenzar una nueva vida dentro y fuera de ti misma, viaja por el mar”, recomienda a su destinataria.

Ya en La Habana, instalada en un elegante hotel cercano al puerto y maravillada por la luz que penetra a raudales por puertas y ventanas escribe: “En Cuba no se le tiene miedo a la luz del sol”. Más adelante, sin embargo, refiere: “Las calles de la ciudad son tan estrechas que durante el día se extienden toldos de una casa a la del frente y se le huye al resplandor del sol sobre las paredes blancas, por lo que las fachadas están coloreadas de azul, amarillo, verde o naranja”.

De una visita a la Catedral de La Habana relata con suspicacia: “Rezando en la iglesia casi no vi a nadie. Los curas caminaban de aquí para allá ocupados en diversas ceremonias, evidentemente sin devoción”, y de un besamanos al obispo nos cuenta: “Al hincarse de rodillas y hacer el gesto de besarle la mano al Obispo, vi reírse a uno de los grandes señores de la ciudad y la verdad es que también el Obispo se rio. Los dos sabían que aquello era un espectáculo”.

De igual modo no duda en advertir después: “La religión no ha muerto totalmente en Cuba; vive aquí todavía, en algunas hermosas fundaciones caritativas…y es aún más fuerte que en los Estados Unidos de América en un aspecto, a saber: que aceptan lo mismo a las personas negras que a las blancas en los hospitales y en las instituciones de caridad”.

La antigua muralla.

De una noche en el campo cubano: “Sintiendo la deliciosa brisa nocturna como alas de ángeles”, al ver una constelación desconocida sobre unas colinas de palmeras refiere: “Todavía no conozco las constelaciones del hemisferio sur que pueden verse en Cuba y no he encontrado nadie que me lo diga. Aquí se piensa más en el comercio y la diversión que en las estrellas”.

Al mismo tiempo que se mueve de un sitio a otro, viaja en tren y nos sorprende con sus descripciones del valle del Yurumí en la provincia de Matanzas; esboza y dibuja plantas, aves, gentes y paisajes.

Con deslumbramiento casi místico, sin abandonar la racionalidad poética con que toca, mira y ve cada palmo de nuestra naturaleza vaciando ante nuestros sentidos la fecunda vida que brota de nuestra tierra nos sorprende y encanta al entregarnos, con sabia intensidad, todo el siclo vital de la planta del plátano o, dicho con sus palabras: “Mi muy querido banano”.

Junto a ella asistimos también al único espectáculo cruel que la noble naturaleza de Cuba  le ofrece: el duelo a muerte entre una alta ceiba y una planta parasita, “espectáculo extraordinario -escribe- y verdaderamente dramático, donde en un abrazo inmenso ciñendo al gran árbol desde la raíz a la cima, como una posesiva amante, la planta parásita finalmente destruye el árbol. Es una imagen completa de la tragedia que recuerda a Hércules y a Deyanira”.

Pero es la tragedia de la esclavitud la que ensombrece desde la carta inicial toda su correspondencia “Ay, que este paraíso terrestre haya de estar siempre envenenado por la vieja serpiente”. Luego, antes de partir y poner punto final a su última carta, hace más radical su compromiso humano: “He aspirado una nueva vida en Cuba, pero vivir aquí no podría. Esto solo podría hacerlo donde exista y crezca la libertad”. Fredrika Bremer murió en Estocolmo, Suecia, el 31 de diciembre de 1865. El 10 de Octubre de 1868,  precisamente en un ingenio azucarero, institución donde más ferozmente se ensañó la vieja serpiente, sonó el bronce de la campana anunciando esta vez el inaplazable derecho de los cubanos a la libertad.

Sensible y delicada, supo penetrar en el alma cubana, comprender su reclamo independentista y denunciar la ignominia de la esclavitud. Defendió los derechos de la mujer y amó  la naturaleza de esta isla que identificó con el paraíso.

NOTA: El inmueble donde tuvo su residencia Fredrika Bremer, convertido desde hace muchos años  en edificio multifamiliar, se encuentra en la calle de los Oficios y Obra pía, en el centro histórico de La Habana. HT agradece la cordialidad de sus vecinos. La tarja que la recuerda dice:

“El 31 de enero de 1851 llegó a Cuba la reconocida escritora Sueca Fredrika Bremer. Residió en este edificio, entonces casa de hospedaje, donde fue visitada por su coterránea, la estelar soprano Jenny Lind.”

 

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Una respuesta a “Cuba en cartas del siglo 19”

  1. Isabela dice:

    Hermoso artículo. Gracias!

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