author photo

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

Como un suspiro

marzo 17, 2017 | Imprimir Imprimir

Ariel Glaria Enríquez

HAVANA TIMES —La erosión de la intemperie borró hace tiempo la foto en la lápida sobre la tumba familiar. Quienes la vieron no escatimaron contar lo increíblemente vivas que parecían en ella la mirada y sonrisa de Ariadna. ¿Podía ser de otro modo en una muchacha de diecisiete años?

De niña ya la diferenciaba del resto de los uniformes blancos y rojos que se desperdigaban por el patio de la primaria e identificaba su risa entre el bullicio del recreo.

¿Qué otra cosa puedo decir de ella antes que su cuerpo comenzara a desarrollarse y su pelo, largo y negro, adquiriera aquella caída natural bajo la que disimulaba sus senos y que desde la secundaria la dotaron de una sensualidad precoz e insegura?.

Mi edad, dos años menor, me hizo también testigo, desde el anonimato, de la evolución de su carácter.

Las últimas amigas que tuvo en el preuniversitario se cansaban de hablar de su trato fácil, reprochándole siempre aquella risa casi por todo, sin comprender que no eran más que residuos de la infancia que la abandonaban sin su voluntad. Tampoco lo comprendió la directora del instituto, mujer recta a la que los años sorprendieron sin hijos ni marido, que terminó de criar sola a un sobrino, hijo de su único hermano muerto en la guerra de Angola.

En el breve periodo que Ariadna y yo coincidimos en el pre, el sobrino de la directora, entonces de unos veinticinco, trabajaba como plomero y conserje de nuestra escuela.

Esto le proporcionó una clientela segura entre los padres de los estudiantes y a pesar de que el instituto se caía a pedazos y las tupiciones se pasaban de generación tuvo fama de buen plomero. No era muy alto; flaco y, como lo recuerdo, llevaba siempre un cigarro pegado a los labios.

Una mañana, en el primer mes de aquel curso, Ariadna fue llamada por la directora.

La sobria fachada de la escuela sin curvas y con barrotes en las ventanas, así como los pasillos, columnas y barandales del segundo piso que rodeaban el patio interior eran evidencias de la antigua función conventual del edificio. En el entresuelo, encajonada en un descanso de la escalera, se encontraba la dirección.

Ariadna subió sin prisa la escalera. Un muchacho que bajaba corriendo paró en seco y le cedió un espacio innecesario con el único fin de mirarla.

La directora la recibió detrás de un pesado buró de caoba, especie de baluarte entre ella y la fugaz tentación de la perestroika que comenzaba. En la pared, sobre su cabeza, al lado del escudo nacional colgaba el retrato de un soldado internacionalista cubano.

-Tal vez mis palabras le resbalen –dijo la mujer apoyando los codos sobre el buró- por eso esta será la última vez que conversamos. No solo me desagrada cómo usas el uniforme, cómo llevas el pelo y los comentarios que oigo de ti, tampoco me caes bien…

– De nada de eso tengo culpa –dijo Ariadna.

– Ah no. Tú no eres ya una niña, pero tampoco eres mujer…

Ariadna no la dejó terminar.

-Yo sí soy ya una mujer y su sobrino tiene la culpa.

Fue una respuesta inesperada de la que jamás tejí conjeturas ni dije nada.

Una semana después de esa conversación al regresar de la escuela, en el pasillo de su edificio, Ariadna fue asesinada por el conserje.

Todas las pruebas demostraron que la muchacha jamás tuvo relaciones sexuales y que el hombre, sin forzarla, solamente la besó en la boca.

Ocurrió una mañana, durante los últimos días de las vacaciones, en ausencia de los padres, en la sala de su casa. Al iniciarse el curso ella le entregó un papel. Fue una nota sincera y brusca. “Me dio asco besarlo”, le escribió.

Todos los pormenores y sombras del hecho circularon rápido. Excepto, que antes de llegar a la dirección, Ariadna se cruzó conmigo en la escalera y por primera vez me miró y sonrió y me llamó por mi nombre. Fue como un suspiro… o tal vez solo haya sido eso.



Haz un comentario

Escriba una respuesta