Una doctora cubana de la vieja escuela

marzo 9, 2017 | Imprimir Imprimir

Por Alexánder Londres

HAVANA TIMES — Ella es doctora de la vieja escuela, de cuando cualquiera no llegaba a ser médico. Entonces había que estudiar de verdad, “quemarse las pestañas” sin computadoras ni materiales digitales. Había que ir tirando con la escasa literatura impresa que existía, sin programas de estudios emergentes ni sintetizados y prepararse con todo el rigor y la exigencia que es menester, para poder tener en sus manos la salud y la vida de otras personas.

Me cuenta que, de niña, en aquel intrincado pueblecito de monte adentro donde vivía, jugaba a atender pacientes y soñaba con curar dolencias. Nunca quiso ser otra cosa que doctora.

Por aquellos tiempos, ser médico todavía era un gran suceso y un incuestionable sinónimo de prestigio, de inteligencia. Ni imaginar entonces la masividad que hoy caracteriza a la formación de personal de la Salud.

Solo en su provincia, Guantánamo, en 2015 se graduaron 2 430 y matricularon otros 10 021.Y no es secreto que ello responde a la necesidad coyuntural del Estado cubano de cumplir con los convenios internacionales de exportación de servicios y profesionales médicos, la principal fuente de ingreso a la economía nacional.

Lejos de casa, pensando en el pequeño que había dejado al cuidado de su madre, en medio de las extremas carencias de la beca,Tanya estudió en la facultad, cuando los “charangones”-aquellos sopones todo incluido- marcaban con frecuencia el sustento de todo el día.

Hace ya 23 años que se graduó, y desde el primer momento el amor y el respeto a la profesión le han impedido maltratar a los pacientes y dejar de cumplir con su responsabilidad bajo ninguna circunstancia.

Nunca ha tolerado la indolencia de algunos en ciertas situaciones en las que hay que anteponer la necesidad del otro al cansancio, al sueño, a los horarios inadecuados; responder con vocación humanista a emergencias “inoportunas”.

Recuerda que su Servicio Social -entonces tres años obligatorios para poder acceder a la especialización- fue en pleno Período Especial, y en ese momento tuvo que ingeniárselas; lidiar con guardias médicas a oscuras por los apagones, y enfrentarse incluso a realizar partos en penumbras con una lamparita de petróleo; aprender a cruzar ríos crecidos; habituarse a subir y bajar montañas a pie para atender a sus enfermos.

Ahora está al borde de los 50, pero su sonrisa, su jovialidad y sus bellos ojos verdes la hacen parecer de menos edad. Es especialista de Primer Grado en Medicina General Integral y ha cumplido varias misiones internacionalistas, una en Venezuela y dos en Nicaragua.

Por aquellos tiempos, ser médico todavía era un gran suceso y un incuestionable sinónimo de prestigio, de inteligencia. Ni imaginar entonces la masividad que hoy caracteriza a la formación de personal de la Salud.

Confiesa que la primera vez tuvo que irse a pesar de que su segunda hija solo tenía tres años, para mejorar la economía familiar y poder adquirir los bienes materiales que de otra forma tardaría muchísimo tiempo con el ínfimo salario de entonces, bastante mayor en la actualidad, pero aún insuficiente. Las otras veces -asegura- fueron para seguir conociendo el mundo y poniendo en alto el nombre de Cuba.

Es guajira de pura cepa, se define revolucionaria y como cubana sabe lo difícil que a veces se torna vivir aquí. Pero no es de esos profesionales -tan numerosos hoy en día- que esperan un agradecimiento material, por brindar una atención que es pública y gratuita.

Asimismo, lamenta que lo económico y la posibilidad de salida al exterior sea hoy la motivación más común entre los jóvenes que deciden estudiar Medicina.

Sabe que ahora esos futuros galenos lo tienen todo más fácil: mejores condiciones de estudio, bibliografías actualizadas, acceso a publicaciones científicas digitales, laboratorios completamente equipados… en resumidas cuentas, disfrutan de gran cantidad de recursos puestos a su disposición.

Cuando los ve perdiendo valioso tiempo de estudio, entretenidos con sus celulares, sus audífonos y sus uniformes a lo fashion, se pregunta si a esos “médicos de nuevo tipo”, formados sin el rigor de antes -yo agregaría cantera de mala praxis-, tendrán que acudir nuestros hijos y nietos cuando los colegas de su generación -los viejos, como los conoce la gente- ya no estén activos.

A mí también me asusta esa posibilidad –le digo-. Se oyen cada historias por ahí, que, sean esporádicas, poco comunes, ciertas o no, no dejan de ser preocupantes, porque ponen en entredicho el ganado prestigio de nuestro ejército de batas blancas.

Mi doctora sufre mis palabras. Me lo hace notar.

Y luego me asegura que ella tampoco está de acuerdo con supeditar la calidad en la formación, al propósito de graduar más y más médicos para alcanzar ciertas cifras. Números que por momentos han resultado insuficientes inclusive para cubrir las propias necesidades de Cuba.

Entre otras causas – me explica- está el crecimiento de la población y la amplia demanda internacional del Programa Integral de Salud, que comparte con el mundo la medicina cubana -alrededor de 50 000 activos en total a la altura del 2017-. Y ello, en determinados períodos, ha conllevado a reajustar, o sea, aumentar, la cantidad de pacientes por médico, sobre todo, en la atención primaria.

Asimismo, lamenta que lo económico y la posibilidad de salida al exterior sea hoy la motivación más común entre los jóvenes que deciden estudiar Medicina.

Me afirma que ya no es válido aquello de 120 núcleos familiares por consultorio, como en la génesis del Programa del Médico y la Enfermera de la Familia, allá por el 85. Ahora el límite establecido es de 1 200 pacientes. Y cuando le digo que datos de la Oficina Nacional de Estadísticas indican que al término del 2014 había en Cuba solo 130 habitantes por médico, se asombra.

Está convencida de que esa es únicamente una fría recopilación de información estadística. Pues en la práctica, en el terreno, hay que atender a una mayor cantidad de personas -me dice-. Y eso muchas veces propicia ese agotamiento que incide en una atención de menor calidad a la población.

Los médicos también nos cansamos. Aunque eso nunca debería condicionar el desempeñoesclarece-.

Es sábado en la tarde. Apresura las últimas palabras y se inquieta porque tiene que visitar a una embarazada. Me asombra con su energía y constante disposición al trabajo, sin escatimar horarios ni fines de semana.

Pero luego comprendo: es que la doctora Tanya es de la vieja escuela.



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